50 años de una cult movie: ‘El nadador’

El término cult movie o filme de culto se refiere a una película que ha tenido una influencia generacional y un culto cerca de ella. Y no tiene por qué ser una película de calidad, cosa que sí es El buceador, que entre muchos de mi coexistentes era esa película rara en la que Burt Lancaster vagaba en bañador y de piscina en piscina.

La película, a la que Lancaster llamaba “Homicidio de un pasajero en bañador” y confesó que era su trabajo preferido, está basada en el sobrenatural historia homónimo de John Cheever. En principio la idea estaba pensada como novelística corta, pero acabó publicada en 1964 como relato (de solo 11 páginas) en The New Yorker. Ese mismo año apareció igualmente en una colección de cuentos indicación The Brigadier and the Golf Widow.

El relato de Cheever palabra de Ned Merrill, un tipo deportivo que vive en una zona pija en las alrededores de Connecticut. Una mañana Ned tiene la loca idea de recorrer el valle donde vive de piscina en piscina hasta conseguir a su casa. En su extraña travesía se topa con las mujeres de su vida.

Cheever, cuyo cameo vemos en una fiesta al borde de una piscina, comparó al protagonista de su relato con Atildado, personaje mitológico, pero El buceador va mucho más allá de esa narración. El relato y la película hablan de la impostura de la clase dominante, del demencial “sueño gringo” y de relacionar riqueza con tranquilidad. Incluso de nuestros miedos básicos: a no ser aceptados, a engañarnos, a mentirnos, a envejecer solos, a ser olvidados. Casi mínimo.

La vida de Ned es una pieza, una existencia basada en la búsqueda del éxito y completamente vacía. En su descubrimiento, de piscina en piscina, pasa del sol y el calor a la oscuridad y el frío, de la confianza al pavor. De la recepción social al ridículo, a la humillación. ¿Está Ned irreflexivo, trastornado? Puede. O puede que no tanto. Cada espectador decide.

El buceador no es solo una película de culto, igualmente es una película maldita. El maduro desacierto de su producción fue el director seleccionado. Frank Perry, un realizador corriente, tuvo peleas con el productor Sam Spiegel, afamado por películas como La reina de África, La ley del silencio o Lawrence de Arabia. Al final, Perry acabó abandonando el rodaje y fue sustituido por un muchacha realizador televisivo llamado Sydney Pollack, director que acabaría siendo uno de ellos grandes realizadores norteamericanos de los 70.

Fueron tantos los problema de la producción, que la película se rodó en el verano de 1966 (en Westport, Connecticut, zona de residencia de Perry), pero Columbia no la estrenó hasta dos abriles posteriormente. El propio Lancaster recordó en una entrevista que tuvo que poner 10.000 dólares de su faltriquera para el extremo día de rodaje.

En la misma entrevista tachó a Spiegel de mentiroso y llegó a aseverar: “Estaba rabioso con él, podría haberlo matado”. Con Pollack, en cambio, se llevó muy proporcionadamente y volvieron a repetir juntos en el película del Oeste Camino de la venganza, estrenada el mismo año que El buceador.

No fue ese el único problema. El rodaje no era sencillo al tener que disponer de tantas piscinas y de tantas localizaciones exteriores en una zona de clase ingreso. Muchos propietarios de mansiones se negaron a dejar rodar al equipo.

Cuando se rodó El buceador, Burt Lancaster tenia 53 abriles y estaba en plena forma. Bueno, más proporcionadamente se puso en forma para la película. Y lo hizo con un monitor de waterpolo llamado Bob Horn. El tipo dirigió al equipo gringo en 9 olimpiadas y, a sus 86 abriles, vive todavía. Por otra parte de nadar, para conseguir ese cuerpo (que vemos completamente desnudo y fue censurado en algunos países) Lancaster practicó rebelión de mancuerna, footing, karate y aerobic. Burt Lancaster, por cierto, no fue la primera opción para hacer de Ned. Columbia tanteó ayer a William Holden, Glenn Ford, Paul Newman y a George C. Scott.

La música de El buceador fue encargada a Marvin Hamlisch, al que Spiegel conoció tocando el piano en una fiesta. Esta película fue su inicio en la composición de bandas sonoras, oficio para el que daría grandes trabajos como El leñazo o Tal como éramos, para Sydney Pollack. Por las dos películas ganó, en una misma ceremonia, tres Oscar: el de mejor partida sonora diferente y canción (por el film de Pollack) y partida sonora adaptada (por El leñazo).

El buceador es una buena película y una indiscutible película de culto, pero no es redonda. Su realización ya fue demasiado sensacionalista hace medio siglo y hoy está vieja. Podríamos aseverar que es un trabajo a veces hasta hortera, con esos zooms y ralentizados, pero sigue siendo una película mágica. En manos de otro director quizás estuviésemos hablando de una obra maestra. ¿Y si cualquiera se animase a hacer un buen remake?