Aki Kaurismäki: 10 razones para adorar al irreverente cineasta finlandés

Aki Kaurismäki debutó en el cine en mil novecientos ochenta y tres adaptando, nada más y nada menos, que a Fiodor Dostoievski y su Crimen y castigo, pero el éxito internacional no le llegó hasta el arranque de mil novecientos noventa, con Leningrad Cowboys go America (1989), La muchacha de la fábrica de cerillas (mil novecientos noventa) y Contraté un asesino a sueldo (mil novecientos noventa). Desde entonces, el director finlandés es un habitual en los certámenes internacionales de primera clase toda vez que presenta una nueva película, de Venecia a Cannes o bien Berlín. Su último trabajo, El otro lado de la esperanza, le ha valido, de hecho, el Oso de plata a la mejor dirección en la última Berlinale gracias a una historia de profundo carácter humanista que nos presenta el drama migratorio al que se enfrenta actualmente, y de forma censurable, Europa.

Irónico, cáustico y al tiempo cómico y tierno, el cine de Kaurismäki no puede desvincularse de una cierta filosofía norteña de la existencia, ya sea por la parquedad de sus historias o bien por de qué manera expresan sus emociones los personajes que las pueblan. Tampoco puede desvincularse de un imaginario visual y narrativo muy reconocible y que en CINEMANÍA, al calor del estreno de El otro lado de la esperanza, pretendemos desengranar a continuación. El martes 4 de abril se van a poder ver ciertos de sus más recientes trabajos en un pequeño ciclo en los Cines Golem de la capital española, y quienes no puedan acercarse, recordamos que en FILMIN está disponible casi toda su filmografía.

1 – Pues su cine mezcla géneros, del ‘noir’ a la comedia, con maestría

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En el arranque de Un hombre sin pasado (2002), un hombre lúcida prácticamente de la nada con el semblante cubierto por un vendaje. ¿Quién es? ¿Está vivo o ha muerto? La película por la que Kaurismäki ganó el Gran Premio del Jurado y el Premio a la Mejor interpretación femenina (Kati Outinen) en el Festival de Cannes de dos mil dos puede leerse también en clave fantástica si consideramos al protagonista, Markku Peltola, como un tipo que regresa desde el más allá. Claro que interpretaciones hay como espectadores prestos a imaginar posibles lecturas…

Sea como fuere, Kaurismäki ha logrado calibrar como pocos cineastas contemporáneos esta mezcla de géneros que es ya habitual en una buena parte del cine actual, y en sus cintas, de no más de 90 minutos de duración, siempre y en toda circunstancia hallamos un relato que oscila entre el drama, el noir y la comedia.

También, evidentemente, en El otro lado de la esperanza, que se detiene en el periplo de Khaled, un joven sirio que ha llegado a Helsinki de manera ilegal, pero también en Wikhström, un viejo comercial de ropa que decide apostar su futuro en una partida de póquer.

2 – Por el hecho de que sus historias son una elegía a lo absurdo

Desconocemos si hay un humor propiamente finlandés, pero lo que sí podemos asegurar sin miedo a equivocarnos es que Kaurismäki cultiva con profusión un tipo de comedia que roza lo absurdo. En Calamari Union (1985), dieciocho hombres, de los cuales diecisiete se llaman Frank, todos con pinta de rockeros, deciden emprender un viaje hacia el otro lado de Helsinki en lo que semeja una misión en busca del paraíso.

Al año siguiente, el director de cine finlandés se atrevía a reírse de Sylvester Stallone con un cortometraje paródico titulado Rocky IV (1986); mientras que en Hamlet se mete a hombre de negocios (mil novecientos ochenta y siete) ubica la tragedia shakesperiana en un conglomerado empresarial. A primera vista, sus propuestas son inesperadas e irreverentes, mas acaban mostrándose, como las obras de Samuel Beckett, más certeras de lo que aparentan.

3 – Por su paleta de colores y luminosa única

Timo Salminen es el directivo de fotografía al que Kaurismäki confía su característica paleta luminosa y cromática. Llevan trabajando juntos desde mil novecientos ochenta y tres, cuando Kaurismäki debutó con Crimen y castigo, y sólo él ha sabido llevar a la pantalla la pasión del finés por los colores saturados, los claroscuros en las escenas de interior y los tonos parcos a imitación de las pinturas de Edward Hopper, una reconocida repercusión por la parte del cineasta.

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Azules y colorados en Luces al atardecer (2006) (extraído de amanecernocturno.tumblr.com)

4 – Pues le gustan los bares

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Letreros luminosos de Contraté a un mercenario (1990), La vida bohemia (mil novecientos noventa y dos) y Nubes pasajeras (1996) (extraído de asbestoe.tumblr.com)

Y no sólo pues los letreros de neón son fotogénicos, precisamente. Las películas de Aki Kaurismäki abundan en secuencias que tienen lugar en mesas, barras de bar, terrazas con una botella de vino en el centro y demás tableaux que celebran el comer y sobre todo el beber. En El otro lado de la esperanza el restorán que adquiere Wikhström es también el escenario de no pocas escenas cómicas.

5 – Por el hecho de que su cine retrata la vida de las clases populares

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El otro lado de la esperanza es la segunda película de Kaurismäki ubicada en una ciudad portuaria y con el drama migratorio como protagonista. Ya en El Havre (2011), el finés se había fijado en este tema al explicar la historia de un joven migrante que termina siendo encontrando cobijo en casa de un escritor bohemio que vive en ese puerto francés.

Ambas cintas forman parte de una nueva trilogía que ha puesto en marcha el finlandés tras una primera dedicada a personajes losersSombras en el paraíso (1986), Ariel (1988) y La muchacha de la factoría de cerillas– , y otra dedicada a la Finlandia proletaria  –Nubes pasajeras (1996), Un hombre sin pasado y Luces al atardecer–.

Cuando se encontraba promocionando Nubes pasajeras, declaró lo siguiente sobre los motivos que le empujaron a hacer esa película: “No podía aguantar mirarme a mí en el espéculo hasta el momento en que por último hice una película sobre el desempleo”.

6 – Y sus personajes están repletos de ternura

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Aunque algunas de sus películas sean más ásperas que otras, como La muchacha de la fábrica de cerillas, los personajes protagonistas y asimismo algunos secundarios ya tienen un sitio propio en los anales de lo extravagante y de lo tierno. Mención aparte merece El Havre, la primera cinta de su trilogía portuaria, en la que incluso el oponente, el comisario Bonet (interpretado por Jean-Pierre Darroussin), que anda a la búsqueda y atrapa del pequeño migrante que ha entrado en el puerto de manera ilegal, lúcida la simpatía del público.

7 – Pues sus intérpretes son maestros en la gestualidad austera

Aki Kaurismäki no es especialmente elocuente ni un tipo de muchas palabras, y tal vez de ahí que la mayor parte de sus personajes, y los intérpretes que los encarnan, son personas de poco hablar mas sí de decir la palabra justa. Con el fallecido Matti Pellonpää (mil novecientos cincuenta y uno-1995), el finés encontró a un alter ego preciso, mas actores como André Wilms (El Havre), Markku Peltola (Un hombre sin pasado), Jean-Pierre Léaud (Contraté a un asesino a sueldo), Sakari Kuosmanen y Sherwan Haji (El otro lado de la esperanza) y hasta Jim Jarmusch (Leningrad Cowboys go to America) han sabido ajustarse a la máxima nórdica de que menos es más. Un señalado aparte merece la actriz Kati Outinen, protagonista de La chavala de la factoría de cerillas, Un hombre sin pasado, El Havre y otras cintas del director de cine.

8 – Por sus postales finlandesas

Finlandia es un país de llanuras infinitas, conocido por su sol de medianoche y que tiene una palabra para describir ‘beber solo y en ropa interior’. De este modo es el territorio de donde procede Kaurismäki, quien, pese a llevar 28 años viviendo en una pequeña localidad del norte de Portugal, no ha perdido ni un ápice del espíritu propio del ciudadno finlandés.

Ya hemos hecho hincapié en lo absurdo, los ademanes austeros, el gusto por el alcohol, pero hay momentos de películas, como en Leningrad Cowboys go to America, en que todo eso se reúne en una pasta sólida que ofrece como resultado relatos y también imágenes indefinibles. Tal en Finlandia estén más acostumbrados al tipo de situaciones absurdas que aparecen en su cine. En el resto de Europa, dejémoslo claro, llama por lo menos la atención.

9 – Por el hecho de que Kaurismäki es un cinéfilo consumado

Aki y su hermano Mika Kaurismäki junto su amigo Peter von Bagh, fallecido en dos mil catorce, pusieron en marcha el Midnight Sun Film Festival, un certamen de cinco días de duración durante el solsticio de verano que invita cada edición a cinco nombres destacables del panorama del cine de autor global. El listado de convidados desde el origen del certamen en mil novecientos ochenta y seis hasta el año pasado es apabullante. La cinefilia de Kaurismäki no solo se manifiesta en la organización de eventos culturales, sino el director es una enciclopedia con piernas de la historia del cine y, aparte de infestar de referencias y guiños sus grabes, todas las entrevistas que ofrece están llenas de citas, homenajes, anhelos y reivindicaciones de cualquiera de sus cineastas favoritos: Converses Chaplin, Yasujiro Ozu, Robert Bresson y Luis Buñuel. En Criterion, naturalmente, le preguntaron en su día y su top personal puede consultarse online aquí.

10 – Y un melómano del mismo nivel

La música del cine de Aki Kaurismäki es otra de las marcas de la casa indisociable de su condición de autor cinematográfico. En todas y cada una de sus películas encontramos cuando menos dos o tres actuaciones musicales, sea rock o bien folk, cuyas estéticas de tupé y cazadora de cuero forman parte también del universo visual del finés. Lo más cercano que ha hecho a un filme musical es la secuela de Leningrad Cowboys go to America, Leningrad Cowboys Meet Moses (mil novecientos noventa y cuatro), mas también tiene cortos dedicados al género como Thru the Wire (mil novecientos ochenta y siete) y These Boots (mil novecientos noventa y dos).

Así describe Andrew Nestingen la melomanía de Kaurismäki en The Cinema of Aki Kaurismäki: Contrarian Stories (dos mil trece): “En el corazón de todas las películas de Aki Kaurismäki, incluidas los filmes primerizos con su hermano Mika, encontramos una actuación musical en riguroso directo. Estas actuaciones diegéticas incluidas en los grabes no son triviales, normalmente ocupan múltiples minutos en películas que son de 90 minutos o menos. Incluyen a músicos subestimados, olvidados o bien pasados por alto, relevantes en el planeta del pop pero obsoletos pues no son comericales. Y sus actuaciones ponen en valor el tipo de experiencias musicales vitales, do-it-yourself, comunitarias y hasta subversivas”.