Así es ‘Verano 1993’, una de las favoritas del Festival de Málaga

Una película hecha de recuerdos. Como la vida. No hay una trama. Apenas sucede nada. Sólo una sucesión de escenas y secuencias triviales, cotidianas, sin aparente relevancia. Verano 1993 es, como su título señala, la memoria de una infancia durante un estío a principios de los 90. La historia de Carla Simón, su directiva, quien con 9 años perdió a sus progenitores enfermos de sida y se trasladó a vivir con sus tíos y su prima pequeña. “El guion estaba formado de recuerdos, de cosas que me había contado mi familia, pero, sobre todo, de sensaciones, de emociones que recordaba. En el momento en que te pasa algo de esta forma la memoria hace cosas extrañas, haces borrón y cuenta nueva, recuerdas poco”, cuenta Carla Simón en la rueda de prensa del Festival de Málaga, donde su ópera prima, que ya salió de la Berlinale premiada, se ha posicionado como una de las películas preferidas.

Producida por Valérie Delpierre, María Zamora y Stefan Schmitz, Verano 1993 arranca con la mudanza de Frida de la urbe al campo, con el abandono de la casa materna en Barcelona y el traslado a un universo nuevo, entre gallinas, vacas y gatos que dan alergia. Pegada en todo momento a los ojos de su protagonista, en primeros planos que dejan a los adultos fuera de plano o bien reducidos a rodillas que se mueven al fondo, Carla Simón va relatando por medio de escenas cotidianas el verano que cambió su vida. Así, por poner un ejemplo, una excursión familiar al río o bien una verbena popular en la plaza del pueblo, sirven para contar de qué manera encaja la llegada de esta pequeña en la relación de pareja de sus tíos o bien los celos de ida y vuelta con su prima pequeña. Naturalista, a la manera de Mia Hansen-Love y ese cine en el que la historia avanza prácticamente sin trama, a base de gestos en apariencia insignificantes y pequeñas escenas, Carla Simón entrelaza sus memorias de aquellos meses de estío para contarnos otra cosa.

“Es una historia sobre de qué manera aprender a gestionar las emociones, o bien como no saber gestionarlas siendo sólo una niña”, explica la directiva que concibió Verano 1993 como “una iluminación” después de rodar en la ciudad de Londres un corto que asimismo trataba el tema del VIH y entender que aquello le tocaba de lleno. Su ópera prima, pese a ser muy personal, es también un reflejo de los estragos del sida en la España de los años 80 y 90. Una enfermedad que, por cierto, nunca se menciona en la película. Prácticamente como en aquellos años y tal como la directiva de Verano 1993 lo recuerda: “Yo no supe que mis padres habían fallecido de sida hasta que tuve 12 años. Para mí era muy evidente que esta palabra no podía estar en la película si estaba contada desde el punto de vista de la pequeña. Me parecía esencial contar ese instante de España y mi visión es la de no juzgar a nadie; no entiendo el tabú ni el estigma”.

Verano 1993 son asimismo los ojos de Laia Artigas, la niña de 8 años que da vida a Frida con una verdad que no se veía en el cine español desde los papeles de Ana Torrent en los años setenta. Algo tiene esta película de El espíritu de la colmena y, sobre todo, de Cría Cuervos –la secuencia de las tumbonas sola podría funcionar como homenaje– en la que la actriz de Tesis rememoraba al espectro de su madre que terminaba de morir. Es fascinante la naturalidad de Laia Artigas y la complicidad que crea con la otra revelación de esta película, Paula Robles, de tan solo cuatro años.

“Buscábamos niñas que se parecieran mucho a los personajes que había escrito. Por servirnos de un ejemplo, de Frida era muy importante que nunca hubiese estado en el campo, que viniese de la ciudad; para hacer de su hermana precisábamos a una pequeña muy pequeña”, recuerda Carla Simón sobre sus pequeñas intérpretes que nunca leyeron el guión pero que convivieron con el resto del equipo tiempo ya antes del rodaje para crear “una memoria compartida” que diera verdad a su relación. Ya en el set, buscando crear una historia universal, dejaron la memoria a un lado y también “improvisaron mucho algunas escenas y otras no tanto”, echando mano de una entrenador que preparaba a las pequeñas antes de cada toma.

“David [Verdaguer10.000 KM] y Bruna [CusíIncierta Gloria] probaron mucha generosidad en este sentido, porque actuar en el fuera de campo, siempre y en toda circunstancia poniendo por delante a las niñas”, explica Carla Simón sobre los protagonistas adultos de la película, a la altura de la verdad que transmiten las pequeñas a lo largo de todo el metraje. De los gestos de sus personajes, de su humanidad en el momento de adoptar a su sobrina, de integrarla en su vida, se desprende una ternura que mitiga la dureza de la historia. Porque, en el fondo, Verano 1993 cuenta la muerte de una madre mediante la nueva vida de su hija. “Para mí esta película no ha sido una catarsis sino una conexión con mi historia”, medita su directora sobre un relato que a lo largo de bastante tiempo dejó de sentir como suyo, pues “después de contarlo tantas veces, en tercera persona, daba la sensación de que le había sucedido a otro”.

“Para mí es fundamental no ser explícito, que el espectador ponga de su parte. Creo que el espectador es muy inteligente y que puede anudar los cabos. Pues de esta manera es la vida, las cosas no se dicen tal como, muchas veces nos cuesta articular lo que sentimos. De ahí que para mí era importante esa sutileza en la narración”, agrega Carla Simón sobre su película de recuerdos, escenas sueltas, memorias deslavazadas. Como la vida. Al menos, tan emocionante como ella.

Verano 1993 se estrena el treinta de junio.