‘BoJack Horseman’: Dualidad humana entre animales parlantes

Allá por los 90, BoJack salía en una serie de televisión muy famosa. Décadas posteriormente de su anulación, sigue viviendo a través de la misma, obsesionado con esa etapa en la que parecía tenerlo todo. Parece una premisa simple para una serie: el actor en decadencia, la deconstrucción del mundo del espectáculo en forma de autoparodia. BoJack Horseman en absoluto deja de contener esos rudimentos, pero a menudo logra usarlos para un propósito mil veces anciano.

Pues la obsesión de BoJack con su época dorada no se limita a la auge y la fortuna. Anhela poco más, poco que asocia irracionalmente a aquellos tiempos: retornar a distinguir poco que le llene, alcanzar de una vez por todas poco parecido a la contento.

Esto es, en el fondo, poco que comparten todos los personajes de la serie, estén representados por seres humanos o por animales antropomórficos. Su creador, Raphael Bob-Waksberg, se define como “un cínico animoso”, y es un núcleo presente en BoJack Horseman en todo momento: incluso adentro de su sátira constante, incluso en los momentos más bajos de los personajes más reprobables, la serie en absoluto deja de brindarles una oportunidad para el cambio y la alivio. Aceptarla, sin retención, es un tema más complicado.

 

“No se pueden dar finales felices en las comedias, porque si todos son felices, la serie acabaría. Y por encima de todo, la serie debe continuar. No hay cero más realista que eso”.

Bob-Waksberg empezó a desarrollar el plan en 2010. Tras una difícil etapa estudiantil durante la cual fue diagnosticado con trastorno de deuda de atención e hiperactividad, encontró su oficio en el teatro y el improv, un mundo en el que conoció por primera vez a la dibujante y diseñadora Mújol Hanawalt. La obsesión por dibujar caballos que observó en ella le llevó a proponerle colaborar en lo que inicialmente bautizó BoJack the Depressed Talking Horse.

Abriles posteriormente, y tras meses de avance interno, Netflix compró la propuesta para convertirla en su primera serie animada con una condición: su temporada auténtico tenía que estar registro en 35 semanas, para poder estrenarse en pleno verano. Su equipo, presa del pánico, aceptó; y pese a ciertos remordimientos destacados por Bob-Waksberg respecto a sus decisiones iniciales, como hallarse influenciado en exceso en sus primeros guiones por las series de animación para adultos del momento, la serie tardó muy poco en encontrar su propio tono. Y este resultó acaparar congruo más de lo esperado.

BoJack Horseman no ha dejado desde entonces de hacer malabares constantes entre el más puro drama existencial y absolutamente todo tipo de comedia, desde el screwball y las rutinas clásicas de comedia hasta experimentos puramente visuales (su episodio taciturno, Pez fuera del agua, fue premiado en la categoría televisiva del prestigioso festival de Annecy pese a que una de sus poquísimas líneas de diálogo fuera “Los franceses huelen mal y los odio”). Su capacidad para que todo esto funcione a las mil maravillas sin convertirse en un desastre tonal es una de las mayores cualidades de la serie, quizá por lo acertadamente que, en el fondo, es capaz de reflectar la vida misma.

 

“No quiero que tú, ni nadie, justifique sus actos deleznables con la serie”.

En su villa temporada, BoJack se vuelve más metarreferencial que nunca, usando el nuevo papel televisivo de su protagonista -un violento detective con un pasado oscuro- tanto para satirizar la nueva era de series tachadas de ‘televisión de prestigio’ como para explorar la relación de su propia audiencia con el personaje principal.

BoJack, convertido en Philbert para la serie ficticia homónima, empieza tratando de disociarse por completo del personaje al que interpreta, pero pronto ve demasiadas cosas de éste en sí mismo como para hallarse obligado a apelar a otra forma de hostilizar con ello: ver su propio comportamiento como poco normalizado por la ficción. Vivimos en un resurgir constante de la figura del antihéroe en la civilización pop, eternamente justificada por el hecho de que aquellos que la representan en absoluto son planteados como modelos a seguir, pero personajes como Walter White o Rick Sanchez están siendo abrazados por cierta parte de su fandom como una forma de sentirse mejor con sus propios demonios.

El equipo de BoJack Horseman sitúa una lupa sobre su propia serie durante toda la temporada, rechazando abiertamente y de forma 100% autoconsciente el uso del propio BoJack como forma de exorcizar todo comportamiento dañino con el que su notorio se vea reflejado. La serie, en su oficio, toma la intrepidez de hacer con su audiencia y consigo misma lo mismo que lleva haciendo desde el principio con todos y cada uno de sus personajes: brindarles la oportunidad de cambiar y mejorar.

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