[Cannes 2017] Jo, qué noche con Robert Pattinson

¿De qué se habla el día de hoy en Cannes? ¿Será verdad que Good Time, la película de los hermanos Safdie con Robert Pattinson, se ha programado en la recta final del festival a fin de que su protagonista no coincida en Cannes con Kristen Stewart, que estuvo por acá hace algunos días presentando el corto Come Swim que ha dirigido? La cuestión es que, a última hora, Pattinson y los Safdie han traído mucho más que Good Time a la competición: esperanzas de que puede haber grandes películas en pugna por la Palma de Oro.

¿Qué películas has visto? Además de Good Time, otras dos bombas de cine independiente proveniente de EE UU: The Florida Project, de Sean Baker, ese meteorito que ha pasado arrasando por la Quincena de Realizadores; y Brigsby Bear, de Dave McCarey, la película de clausura de la Semana de la Crítica.

Tras pasar por la Semana de la Crítica en dos mil nueve con la sobresaliente Daddy Longlegs (cuando todavía se llamaba Go Get Some Rosemary), los hermanos Ben y Joshua Safdie han comenzado en la competición oficial de Cannes con Good Time, su cuarto largo de ficción y un nuevo escalón de subida en el ascenso a las grandes ligas del cine moderno que han emprendido sin abandonar sus orígenes urbanos e interés por los espíritus libres y marginales que viven en las cunetas de la sociedad. Robert Pattinson se amolda a la perfección a esa estética aportando el plus de estrella que nunca viene mal para ampliar el público potencial; interpreta a un delincuente de poca monta, embarcado en una ridícula aventura nocturna para sacar a su hermano con discapacidad mental (interpretado por el propio Ben Safdie) del hospital donde se halla detenido tras un aparatoso atraco.

Thriller urbano de una sola noche, Good Time comparte con su protagonista la determinación de moverse siempre y en toda circunstancia cara delante, sin importar lo más mínimo las consecuencias alén del plazo inmediato ni lo mucho que se compliquen los hechos por el camino. Tirando de teleobjetivo y encuadrando a los personajes en opresivos primeros planos que difuminan los espacios, la película avanza con el delirio de ¡Jo, qué noche! impulsada por una eléctrica banda sonora de Oneohtrix Point Never que incluye colaboración con Iggy Pop. Casi sin pausas para respirar, mudando de localizaciones, introduciendo y abandonando personajes, pero sin dejar de poner el foco sobre un Pattinson soberbio (como en cualquiera de sus papeles de los últimos cinco años, la era post Cosmópolis) en un bastante difícil y muy extraño papel de héroe antipático, mentiroso y manipulador que no duda en utilizar a su antojo a quienes tiene alrededor en beneficio propio… aunque, en realidad, es un inquebrantable amor fraternal lo que subyace.

También hay mucho cariño en The Florida Project. La película de Sean Baker posterior a Tangerine ha levantado entusiasmos plenamente entendibles. Desde unos créditos iniciales al son de Celebration, The Florida Project contagia un buen rollo imposible de sortear. Esto se debe al arrebatador carisma de su hiperactiva protagonista de 6 años, la pequeña Moonee interpretada por una estelar Brooklynn Prince, que convierte en patio de juegos y diversión cada rincón del complejo de moteles de mala muerte donde vive con su madre en los márgenes residuales de DisneyWorld. Es bastante difícil detallar el particular tono que logra Baker en sus películas, y sin embargo no puede haber solamente humano. Imaginemos un Harmony Korine sin rastro de sordidez, solo empatía cara las capas de población más maltratadas por el turbocapitalismo, y podremos acercarnos a este retrato social demasiado tierno y divertido para cotejarlo con la anarquía destructora de Trash Humpers (dos mil nueve); lo suyo es más una apología de la libertad infantil de Jean Vigo en Cero en conducta (1933).

Los juegos de Moonee con sus amigos se anotan en un contexto horrible y desfavorecido, pero Baker no carga las tintas dramáticas en ningún momento, pese a la gran cantidad de discusiones, chillidos, agresiones violentas y palabrotas que puntúan una narración casi tan fragmentaria como una tira de viñetas. El comentario político de The Florida Project lo transmiten los lugares que habitan y recorren sus protagonistas, expresión urbana de patologías consumistas y manufacturación de la dicha, ese bien tan escaso que Moonee es capaz de hallar en un árbol seco o las sobras de un restorán de comida rápida. Con Willem Dafoe como hada madrina y de manera perfecta integrado junto a los rostros poderosos y también inéditos del reparto infantil y adulto (Bria Vinaite y Mela Murder, superstars), la pequeña apura los últimos días de unas vacaciones que acabarán ante un futuro dudoso. Lo mejor es que carecería de sentido catalogar The Florida Project como relato de iniciación, devaluándola con una etiqueta muy querida de la que no suele salir nada bueno; su liga es la de Los 400 golpes (mil novecientos cincuenta y nueve): retrato infantil y testimonio generacional con uno de los finales más alegres de la historia del cine.

La última cuerda floja del día la pasea Brigsby Bear, de Dave McCary. Lo simple sería asumir que el debut en el cine de un veterano realizador y argumentista de Saturday Night Live, contando con el humorista Kyle Mooney como protagonista y al guion, sería una comedia sin miramientos. Realmente, plantea un malabarismo de tonos bastante más difícil, por mucho que lo cómico prevalezca. Su gran virtud es la próxima cabriola: tomarse muy de verdad una trama absurda basada en algo terrible. Lo mejor sería desvelar lo menos posible. Apenas, que Brigsby Bear es un programa infantil afín a Los mundos de Yupi y protagonizado por un oso espacial, cuyo mayor fan (Mooney) ha sido también su único espectador durante 25 años; era un espectáculo que hacían quienes lo hurtaron del centro de salud nada más nacer y lo han mantenido encerrado en un búnker toda su vida.

Como la sitcom Unbreakable Kimmy Schmidt, la película empieza con la liberación de la policía y el descubrimiento de un planeta exterior totalmente sorprendente. Y, en vez de acomodarse en el enésimo relato de pez fuera del agua y también incesantes rechistes a costa de sus equívocos, la película hace algo maravilloso: en todo instante compasa su tono al estado de ánimo del protagonista. Así se permite saltos argumentales donde pueden relucir Mark Hamill o Kate Lyn Sheil con registros a los que puede costar pillarles el tono, pero encapsulan todo el poder de fascinación de una película tierna y deslumbrante.

La imagen del día: Las dos heroínas de Marlina the Murderer in Four Acts, un western indonesio rodado en la isla de Sumba donde la directora Mouly Surya cuenta una historia de empoderamiento femenino con el pulso de Leone, la bestialidad de Peckinpah y mucho más sentido del humor del que esperarías localizar en una película con imágenes explícitas de violaciones, decapitaciones y momias. El público de la Quincena se lo pasó pipa.

¿Qué esperas de mañana? Están por venir Fatih Akin y Lynne Ramsay, pero, sobre todo, llegó el instante de recuperar un par de debuts que han generado una buena dosis de hype: la rusa Closeness, de Kantemir Balagov en Un Certain Regard; y I Am Not a Witch, de Rungano Nyoni en la Quincena de Realizadores.

Palmómetro: Por buen sabor de boca que haya dejado Good Time entre la crítica, semeja improbable que el jurado acabe tan encantado. Justo al revés que con A Gentle Creature, la nueva película de ficción de Sergei Loznitsa, donde el directivo ucraniano toma a Dostoievski como disculpa para trazar una radiografía desgarradora del infierno burocrático ruso.