Curtocircuíto: 15 años muy largos

Fue en 2003, cuando éramos ricos y había más festivales de cine que días tiene el año. Fielmente. Santiago de Compostela, ciudad universitaria, igualmente quería el suyo. Bueno, otro más, que ya tenía Cineuropa. Así que tocaba hacer un festival de cortometrajes puro y duro, el condición al acrecentamiento en aquella época. Una primera publicación “clandestina”, en la que se proyectaron trabajos en calles y plazas, y una segunda ya institucionalizada.

Luego llegó la crisis y solo resistieron los mejores, los que tenían más moneda y los más entusiastas. Curtocircuíto es de estos últimos. Muy especialmente, por el cariño con el que lo maneja su mayor responsable, Pela del Chopo, que llegó a la dirección en 2013.“Caí aquí casi de carambola, pero no entraba en mis planes ni yo había desarrollado carrera de programador. Estaba empezando a hacer cine documental, había colaborado con el festival y cuando hubo un vano en la dirección, el antecedente director me propuso. Me presenté a un concurso sabido y ya”.

Pela, rebelde a las etiquetas con las que nos solemos manejar, ya sean por la extensión (corto, abundante) o por el condición (empírico, documental, vanguardia…), aportó una visión más ecléctica: “La filosofía del festival es sospechar por películas que de alguna forma indaguen en lugares que nos emocionan por su contenido o por su forma. Tiene que ver mucho con la sorpresa”.

Este año, esta exposición de intenciones se plasma en sendas retrospectivas a dos documentalistas: el austriaco Ulrich Seidl, gran retratista de la sordidez europea y el italiano Roberto Minervini, autor obsesionado con la América rural. “Uno y otro tienen mucha personalidad y han desarrollado un universo propio. Son dos cineastas de los que tópicamente se dice que navegan entre la ficción y la existencia, y los dos trabajan con personajes extremos en contextos complejos pero lo hacen de modo radicalmente diferente. Seidl tiene la distancia precisa para filmar; Minervini genera más empatía y extrae la belleza de los personajes, siendo mucho más amable y tierno”.

Curtocircuíto ha tenido la fortuna de coincidir en el tiempo con el llamado Novo Cinema Galego, lo que le ha permitido contar con la presencia recurrente de autores como Lois Patiño, Oliver Laxe o Anxos Fázans. Unido a ellos, una pléyade de estrellas de un cine de los márgenes, que no insignificante.

Pela recuerda con particular cariño el paso por el festival de dos de ellos. En primer puesto, el del canadiense Mike Hoolboom en 2014: “Ha tenido una vida muy particular, a través de su obra ha sido capaz de exceder un momento básico muy difícil, como es el de enterarse que es portador del VIH. Toda su obra viaje en torno a la desaparición de su mundo y sus amigos. A través de su trabajo ha sido capaz de procesar todo ese dolor”. El segundo, todo un clásico de la decorado española o, mejor dicho, castiza: “El año pasado, con Alberto García Alix, tuvimos el coloquio más emocionante que he vivido en Curtocircuíto”. Uno y otro son ya parte de la ya larga historia de Curtocircuíto.