¿De verdad queremos superhéroes machotes?

Es posible que la culpa la tenga Deadpool. O, tal vez, Lobezno. Pero los dos nos caen demasiado bien como para echárselo en cara. Dejémoslo en que, por norma general, el responsable es ese ente llamado “Hollywood”. Ese ente del cual forman parte unas productoras que, tras haberse lucrado con el cine de superhéroes, aspiran ahora a una nueva forma de sacarle partido. Y esa forma es hacerlo más duro, más violento y, en suma, más ‘para adultos’.

Si, hace algo menos de dos años, la calificación ‘R’ (menores de diecisiete años acompañados) era temida como la peste por los grandes estudios, ahora semeja un santísimo grial. Los éxitos de Logan y de la película del mercenario boceras (al lado de los de otros títulos, como Mad Max: Furia en la carretera) han persuadido a los ejecutivos de que un filme puede transformarse en blockbuster sin recibir el consentimiento de la asociación censora MPAA. Algo que debería resultar esperanzador, ya que, en teoría, trae más libertad a los autores. Pero que, a nosotros, nos escama mucho.

Y, ¿por qué razón nos escama? Pues porque, veteranos como somos, vivimos ya un fenómeno afín. Solo que, en lugar de en el cine, dicho fenómeno tuvo lugar en el mundo del cómic, entre los ochenta y los 90. Y, lejos de animar el cotarro, salió tan desastrosamente mal que los superhéroes de papel todavía no se han recuperado.

Para ponernos en situación, empecemos con una fecha: 1986. Ese año, Frank Miller publica en DC El regreso del caballero oscuro, el cómic brutal y distópico en el que imagina la vejez de Batman. Un año más tarde, y en la misma editorial, Alan Moore Dave Gibbons llegan aún más lejos con Watchmen. Hablamos de la obra que dejó como un trapo al género de aventureros con disfraz, dándole un baño de realismo sucio y exponiendo a sus personajes como fascistas, sicópatas y reprimidos sexuales.

Otros tebeos con el mismo enfoque, como Marshall Law (de Pat Mills, el autor del Juez Dredd) aparecieron en exactamente la misma época. Y también triunfaron en grande. En ellos había fallecidos, había palabras malsonantes, había protagonistas que se portaban como malditos bastardos y asimismo había sexo. Es decir, justo las cosas que eran incomprensibles en un cómic de superhéroes de toda la vida. El problema estuvo en que muchos lectores, y, sobre todo, muchos jefazos de las grandes editoriales, comprendieron estos tebeos justo del revés.

Sin ir más lejos, Alan Moore ha declarado que, con Watchmen, no deseaba exponer a los superhéroes como un producto de extrema derecha, ni tampoco inocularlos de sexo y violencia. Él es más listo que todo eso, y, además, ha escrito historias recordables para Superman.  Su pretensión, aseguraba, era demostrar que una historia de superhéroes no puede ser ‘realista’ o ‘adulta’ sin hacerse añicos en su desarrollo. Frank Miller, por su parte, deseaba aplicarle a ‘Bats’ exactamente el mismo tono de cine negro que ya había empleado en sus guiones de Daredevil. Y, en el caso de Pat Mills… bueno, dejémoslo en que el sí que detesta a los superhéroes.

A resultas de esta revolución, el público más testosterónico y los editores llegaron a dos conclusiones. Los primeros descubrieron que un tebeo de superhéroes con sangre y fornicio molaba. Los segundos, que dichos ingredientes podían hacer que sus productos vendieran más. Y los resultados no fueron bonitos.

No fueron bonitos, sobre todo, porque la aplicación de esas premisas fue muy superficial. Por refererir un ejemplo, podemos remitirnos a la saga X-Men, uno de los productos donde más se apreciaron esos cambios. Quienes estuvieran enganchados a los mutantes a fines de los ochenta recordarán (entre escalofríos de espanto) nombres como los del guionista Scott Lobdell y el dibujante Rob Liefeld. Bajo el influjo de esos autores, los personajes acumularon masa muscular hasta el punto de la vigorexia, y empezaron a pasearse por ahí con uniformes de aspecto militar, llenos de correajes. Salvo las chicas, claro: a ellas les tocó lucir un vestuario cada vez más escaso y ajustado.

Para colmo, los discípulos del profesor Xavier comenzaron a empuñar armas (¿para qué leches quiere una pistola un mutante, a todo esto?) mientras que sus andaduras se volvían más ‘duras’. Mas no en el sentido en el que lo entendería un adulto, sino más bien en el propio de un quinceañero que acaba de probar su primera cerveza y de explotarse frente al espejo su grano número 600.

Y, de esta manera tan triste, muchos lectores pasamos nuestros días hace dos décadas. Había salvedades (la Liga de la Justicia Internacional o la Legión de Superhéroes, por ejemplo, ambas de Keith Giffen y en DC), mas, normalmente, el panorama se configuraba como aquello que, hoy en día, se conoce como “la edad obscura de los cómics”. La aparición de estudios independientes, como Image, podria haber aportado pluralidad al cotarro… si no fuera porque sus productos se limitaban a aprovechar la carencia de censura editorial para sacar más sangre y más canalillos. Como testimonio cinematográfico de ello queda Spawn, una película de la que tal vez se acuerde alguien.

Como más de un lector o lectora se va a estar imaginando, aquello no podía perdurar. Al final, el público terminó cansándose de ese ‘caca-culo-pedo-pis’ tan facilón, mientras los estudios agotaban sus energías en golpes de efecto (¡la muerte de Superman! ¡Batman con la espalda rota! ¡las garras de hueso de Lobato!) e anegaban el mercado con presuntas ‘ediciones de coleccionista’ que terminaban por servir menos que un chicle pisado. Estas fueron ciertas razones por las que Marvel se declaró en bancarrota en 1996. Y, normalmente, el género de superhéroes inició una caída en picado de la que acabaría por salvarlo un factor que entonces nadie tenía en cuenta: el cine.

Por supuesto, no todo en estos años fue tan terrible. Obras capitales como Sandman From Hell vieron la luz a lo largo de ese periodo. Además, los sellos indie nacidos por entonces han acabado mudando de orientación y cobijando compilaciones memorables. En Image, sin ir más allá, tenemos las excelentes Prophet, Astro City, Sex Criminals… y una tal The Walking Dead). Pero los baches están para aprender de ellos.

Y, de este bache, podemos aprender que una historia de superhéroes no mola necesariamente por sus estadísticas de huesos rotos o bien de piel al descubierto. Como decía Jack Kirby (ese señor que se inventó buena parte de todo esto), la gracia del género está en que permite crear mitos. Y, agregamos , mitos cuya lectura recuerda verdades complejas de puro simples. En Superman, que un individuo corriente puede cargar con el peso del mundo. En los X-Men, que la fuerza de los marginados reside en la unión y en el afecto. En Batman, que la perfección se adquiere a precio de soledad. En el Capitán América, que ser fiel a tu país no es lo mismo que ser fiel a su gobierno. En Spider-Man… bueno, esa nos la sabemos todos, ¿no?

A partir de esto, y para resumir: la violencia y el sexo pueden sentarle bien a los superhéroes, pero sólo si sus historias lo precisan. Deadpool es una comedia, y una comedia con rechistes guarros puede ser realmente entretenida. En Logan, James Mangold Hugh Jackman querían darle a Lobato una despedida a lo grande, tan salvaje como el personaje lo merece. Mas, en cuanto al resto, subir de tono los filmes del género sería catastrófico si se emplea como un mero gimmick de cara al mercado. Esencialmente, porque ese mercado está compuesto por personas que se pagan su entrada. Y esas personas se fatigan si aprecian que les están tomando el pelo.

Una cosa más, para finalizar. Caso de que los estudios (sean Marvel-Disney, Warner-DC o los que toquen) se apuntan a reiterar sus viejos errores, podemos establecer un paralelismo demasiado simple. Pues, en el cómic y en el cine, ¿quiénes son los que cometen siempre y en toda circunstancia exactamente los mismos tropiezos, una y otra vez, sin aprender jamás de ellos? Los supervillanos. Y de esta manera les va. Aguardamos que quienes corresponde tomen nota… aunque lo dudamos.