‘Dugma: The Button’: El documental que se infiltra entre yihadistas suicidas en Siria

Jeremy Scahill, una de las cabezas visibles de The Intercepted y periodista fundamental para entender algunos de los fenómenos que han dado forma a las guerras contemporáneas, comentó en CNN, al hilo de la polémica que suscitó su confirmación de la autoría del ataque en las oficinas de Charlie Hebdo a través de una consulta a fuentes de la propia Al Qaeda: “Si la Casa Blanca está diciendo que no tenemos derecho a contactar con fuentes no autorizadas por ella, lo que está diciendo es que sólo se permite publicar filtraciones oficiales o declaraciones del gobierno, lo que socava la idea misma de la prensa libre”.

Aquellas palabras resumieron un dilema recurrente en el periodismo. Una de las personas que con más valentía ha asumido el desafío de eliminar los puntos ciegos del reporterismo de guerra es Pål S. Refsdal, documentalista noruego que desde 1984 se ha dedicado a cubrir sistemáticamente los conflictos desde el lado de los insurgentes. De esta manera ha tenido acceso a una realidad vedada a la mayoría de los periodistas occidentales, que muchas veces para poder salir de la trinchera del hotel y hacer trabajo de campo han de buscar soluciones que pasan por moverse acompañados por fuerzas militares igualmente occidentales, kurdas si acaso, con las limitaciones en la cobertura que ello conlleva; o por subcontratar reporteros locales que puedan manejarse con más soltura por zonas hostiles. Son muy pocos los que, como Refsdal, se dedican a cruzar por principio las líneas enemigas. Su nuevo documental es Dugma: The Button (2016).

El resultado de seis semanas de convivencia con yihadistas suicidas de la rama siria de Al Qaeda.

Lo primero que hace Refsdal es contextualizar lo grabado: “Jabhat al-Nusra no utiliza este tipo de ataques contra civiles. Son siempre parte de operaciones militares más grandes. Durante los seis años que llevan luchando, de acuerdo al Observatorio Sirio de Derechos Humanos, han matado a menos de 400 civiles, mientras que el régimen de Bashar al-Ásad ha matado a más de 180.000, lo que da un proporción de uno por cada quinientos. Si sus objetivos no fueran militares la cifra sería mucho más alta. Si te olvidas de su bandera negra y te fijas en lo que hacen sobre el terreno no es aterrador. Utilizan estos camiones para hacer un hueco en el frente enemigo y luego continuar con otro ataque. Los usan en controles del ejército que son como búnkeres. No va de hacer una explosión, grabarla y marcharse a casa. Los camiones de Jabhat al-Nusra son como las bombas guiadas de los pobres. En España o en Noruega mandamos un F-16 que lanza una bomba guiada. Ellos lo hacen con un camión. La diferencia es que nuestros pilotos vuelven. Sus conductores vuelan en mil pedazos”.

De entre sus trabajos previos le fue especialmente útil para conseguir acceso a Al Qaeda en Siria su anterior documental, Behind the Taliban Mask: The Other Side of Afghanistan’s Front-line (2010), en el que compartió intimidad con un grupo talibán en Afganistán. Durante su realización, la casa del líder que le daba acceso y protección fue atacada por Estados Unidos. Según cuenta en la película, en el bombardeo murieron dos de los hijos pequeños de dicho talibán, que hubo de ausentarse. Refsdal contactó entonces con otro miembro del grupo. Este, sin el control de su superior, resultó no ser de confianza y le secuestró. Tras unos días de cautiverio y unas llamadas telefónicas pudo liberarse. A pesar de que aquel incidente no le permitió conseguir todos los objetivos cinematográficos que se había marcado, completó un trabajo que llamó la atención de unos cuantos. Para lo que interesa en este texto, sobre todo llamó la atención de una persona.

Cuando EE UU asesinó a Osama bin Laden y requisó sus equipos, encontraron un documento en el que el líder de Al Qaeda sugería una serie de periodistas a los que podían enviar un paquete informativo especial a propósito del décimo aniversario del 11-S. Entre ellos figuraba Paul S. Refsdal. Al parecer, al entonces Enemigo Público nº1 de Estados Unidos le había gustado esa desprejuicida incursión afgana. En el momento en que el realizador quiso poner en marcha este proyecto y Al Qaeda le solicitó su CV, aquella mención acompañó bien como tarjeta de presentación.

“HALF OF JIHAD IS MEDIA” (Abdullah Azzam)

Recuerdo la sensación que tuve al leer por primera vez Dabiq, la revista del Estado Islámico: edición correcta (mejor incluso que la de algunas revistas que encontramos en nuestros kioskos), textos extensos escritos en buen inglés y fotografías de idílicos paisajes rurales en los que niños y niñas multirraciales, casi como en un anuncio de Benetton, aparecen radiantes de felicidad por vivir en el califato. Todo ello entremezclado con imágenes ensalzadoras de atentados terroristas en Occidente, homosexuales siendo lanzados desde lo alto de edificios y, me acuerdo en particular de aquel número decimoquinto que fue mi primero, la decapitación más gráfica de cuantas haya visto regando la propaganda del Daesh. Aquella publicación en la que vida y muerte se imbricaban de una manera tan insana me dejó una sensación extraña que no había vuelto a tener hasta que vi este documental sobre estos hombres que no sólo desean el paraíso sino que lo entienden como el arma más mortífera de la yihad.

El protagonista que nos da la bienvenida y acapara buena parte del metraje, Abu Qaswara, es alguien bastante alejado del estereotipo del terrorista suicida. Saudí de treinta y tres años, entrado en carnes, sonriente, dicharachero y cantarín, entona constantemente versos de la yihad con esa bella voz que le ha dado Alá. Nos acompaña por la ciudad que ha de ser el sitio de su muerte y nos enseña algunos de los secretos de su «operación mártir». Las bombonas, el cableado, los dispositivos de seguridad y el botón rojo. Pero, sobre todo, el documental se centra en el verdadero mecanismo de esos atentados: el estado mental de sus ejecutores. Nos descubre una realidad desconcertante que en manos de un realizador como Joshua Oppenheimer podría haberse elevado al cubo pero que Refsdal prefiere plasmar con un estilo directo y observacional, casi antropológico.

Un momento que resume la extrañeza del documental podría ser el siguiente: Qaswara pasa por una plaza y dice que cuando la cruza se le acelera el corazón. Nos pregunta, mirando a cámara, si queremos saber por qué. La respuesta es que allí hacen el mejor pollo frito de Siria. Acto seguido nos lleva a comer con sus amigos, que le reciben con alegría y le preguntan que qué tal le va la vida y qué tal lo de la inmolación. Pensaban que la explosión que habían oído el otro día había sido la suya.

Llama la atención, aunque no sorprenda, que en un contexto como el sirio, en el que la muerte repentina y violenta es cotidiana, la autoinmolación pueda asumirse con semejante naturalidad. De hecho, durante su estancia en el país, el director comprobó que había más mártires en lista de espera que camiones tuneados y preparados para atentar. Al fin y al cabo para alguien como a Abu Qaswara esto no tiene tanto que ver con la muerte como con la culminación de su personalidad vitalista.

Lo que más le suelen preguntar a Refsdal es si, al presentar los atentados suicidas sin el sensacionalismo ni la condena habituales y dejar que los yihadistas se expresen sin filtros, este material es susceptible de ser usado como propaganda terrorista. Reincido en la pregunta para que me reitere la respuesta. “Si hablamos de los jóvenes cabreados que viven en Europa, pongamos que marroquíes de segunda generación que quieran tomar cartas en el asunto, no van a animarse a ir a Siria al ver a un señor saudí de treinta y tantos años comiendo pollo y cantando. Lo que les llamará la atención serán los vídeos del Estado Islámico, que están muy bien hechos. Son como videojuegos o películas de acción. Esa es la propaganda efectiva para el reclutamiento. Mi intención es, obviamente, humanizar a alguien a quien previamente hemos demonizado. Sólo quiero mostrarlos en su día a día. Podrías decir que eso es propaganda pero, en realidad, ¿cuál es el problema? Los medios de comunicación tenemos la obligación de ofrecer el retrato más ajustado posible de las cosas y eso es lo que estoy tratando de hacer”.

Lo incómodo que pueda resultar Dugma: The Button se refleja sobre todo en su complicada relación con las televisiones, medio natural para un mediometraje de estas características. “Las televisiones sueca, danesa, holandesa y la BBC arábica se hicieron hace tiempo con los derechos pero ninguna lo ha emitido. La única que lo ha pasado ha sido la noruega, pero en progama doble con otro reportaje que mostraba el conflicto desde el punto de vista del régimen de Asad y con un editor moral que explicaba por qué estaban enseñando ese material. Todo muy sobreactuado y absurdo. Lo que les gusta a las televisiones es tenerme en el estudio y enseñar un fragmento de película, no más. Es cierto que este estilo objetivo, sin locutar, no es el estándar en televisión pero a la hora de la verdad creo que se trata del miedo de los programadores a que el tema provoque un escándalo que pueda perjudicar sus carreras”.

La vía que ha encontrado el documental hacia su público ha sido la de los festivales y la de plataformas digitales como iTunes. En España ninguna televisión lo ha adquirido y si pudo verse en Madrid el pasado mes de marzo fue gracias a la inestimable labor de Mayte Carrasco, reportera de guerra y directora del ciclo Iconografía del desastre: imagen de impacto y cine-activismo en La Casa Encendida.



Es obvio lo que puede resultar problemático de esta película. Si hubiera mostrado a milicianos de Al Nusra en acciones militares convencionales, como ocurre por ejemplo en algunas entregas de VICE News, apenas habría habido margen para la polémica. El problema es que, incluso considerando el marco nacional en el que opera la organización, los atentados suicidas conectan con el terrorismo global, con una cultura de la autoinmolación que se ha enquistado en facciones violentas del fundamentalismo islámico trasnacional.

En ese sentido no resulta tranquilizador que Al Nusra celebrara el atentado en Bataclán y el aniversario del 11-S. Tampoco sucesos como la vandalización de una iglesia cristiana en la ciudad armenia de Kessab o el asesinato de al menos veinte civiles drusos en el pueblo de Qalb Luza, crímenes estos últimos que Refsdal entiende como frutos del error humano. “A cualquiera con formación militar, y yo la tengo, le resulta obvio el problema de disciplina que tienen los yihadistas. En el ejército tú das una orden y se cumple. El que la desobedezca es castigado. Esa es la base de todo. Entre los yihadistas no es así. Hay un elemento de voluntariado. Si eres mi comandante, me ordenas que vigile este hotel durante las próximas dos semanas y te digo que no me gusta la idea y que me voy a cambiar de grupo yihadista, a menos que me vaya con el Estado Islámico o con el régimen de Asad, no puedes hacer nada. Por eso, como en los casos que comentas, es difícil estar seguro de que las políticas marcadas desde arriba se vayan a cumplir al 100%”.

“En cambio el Estado Islámico ha entendido la importancia de estar organizado. Son como un ejército. Todo el que va al Estado Islámico hace un juramento de lealtad de por vida a al-Baghdadi. Además son muy buenos consiguiendo financiación y haciendo propaganda, y han demostrado capacidad para construir un Estado. Lo único en lo que no son buenos es en seguir el Islam. En el fondo creo que el ISIS ha sido una bendición para Al Nusra porque muchos de sus miembros más extremistas se fueron con el ISIS, lo que permitió que la organización cambiara. A diferencia de ellos, si Al Nusra toma el poder no se va a convertir en los Jemeres Rojos. Con los Jemeres Rojos ya había muchos signos alarmantes antes de que se hicieran con el gobierno”.

“Dugma: The Button” —concluye— “no es una película sobre Al Qaeda o Al Nusra como tales sino sobre nuestra imagen del enemigo. Siempre, desde el inicio de los tiempos, se ha demonizado al enemigo. Los romanos llamaban bárbaros a los hunos y decían de ellos que comían bebés. En la Primera Guerra Mundial los británicos llamaron hunos a los alemanes e imprimieron carteles en los que los representaron matando bebés y violando mujeres. Siempre ha sido así. Incluso a pesar de que hoy el periodismo de investigación se ha desarrollado de mil maneras, esa sigue siendo la excepción. Cuando se trata del enemigo se traza una línea roja”.

La pregunta lógica en ese caso es, ¿por qué no ir hasta el final y hacer el documental sobre el Estado Islámico? Son el enemigo y el desafío reporterístico definitivo y seguro que en su intimidad encontramos resquicios de humor y gestos de cariño entre sus miembros. “No soy reportero de noticias y no necesito una exclusiva para trabajar, por lo que he tenido tiempo para elegir el tema. Tuve la oportunidad de ir con el Estado Islámico en 2014 pero no me fiaba de ellos. Además sigo unas reglas éticas y habría tenido problemas morales en grabar un crimen de guerra, como un atentado contra civiles en un mercado. No me habría planteado la película si se hubiera tratado de eso. De todas formas creo que alguien lo debería hacer. Alguien debería grabar al ISIS, al igual que alguien debería grabar a los torturadores de las prisiones de Asad. Hablar con ellos. Si tu intención es hacer una película honesta y hay gente que tortura o atenta contra civiles, deberías documentarlos de alguna manera. La opinión pública sabrá reaccionar ante lo que vea. Alguien debería grabarlos pero no voy a ser yo”.

¿Ha actuado siempre según esos preceptos? Sendero Luminoso, otro de los grupos a los que ha acompañado, cruzó unos cuantos de los márgenes éticos que hoy parecen delimitar su trabajo. “En el caso del Verdadero Partido Comunista del Perú, como les gustaba llamarse, era gente muy dogmática, no cabe duda, pero sobre todo era gente simple, muy básica. Mataron a un periodista alemán. Cuando les pregunté que por qué lo habían hecho me dijeron que, bueno, estaba ahí, era un hombre muy grande, le hicieron varias preguntas y como respondió en un idioma que no entendieron decidieron que era un espía y lo mataron. Eso por un lado”.

“Por otro” —continúa—, “y esto está relacionado con lo que hablamos de la cobertura de los conflictos, los asesinatos que vi mientras estuve con ellos fueron a manos del ejército. Vivíamos en el Valle del Huallaga, donde por entonces se producía el 60% mundial de la coca. Cuando la gestión del conflicto pasó de la Guardia Nacional al Ejército aquello fue declarado «zona roja», lo que significaba que cualquiera que estuviese en ese área pertenecía al Partido Comunista. Recuerdo que unas mujeres del valle volvieron a su poblado después de pasar el día fuera con los niños y el Ejército las estaba esperando. Cuando nos enteramos y fui al lugar con el Ejército Popular, la rama militar del Partido Comunista, muchas habían sido asesinadas, probablemente violadas. Vimos niños a los que les habían volado la cabeza. Había habido un tiroteo y uno de los comunistas fue herido en un brazo y capturado vivo. Lo encontramos muerto. Le habían torturado, amputándole parte del brazo herido y arrancándole la mandíbula con un cuchillo para quedarse con un diente de oro que tenía. Todo esto lo vi personalmente. Cuando pregunté al Comité de Derechos Humanos sobre aquello no sabían nada. Lo que hacían los de Amnistía Internacional era sentarse a hacer recortes de prensa. En eso consistía su investigación. Hablé con un periodista radiofónico de la zona y conocía los hechos. Lo que pasaba era que si emitía algo contra el ejército desparecería, y si emitía algo contra los comunistas también desaparecería. Era un ambiente duro. Lo que quiero decir es que si un grupo no tiene aliados en los medios de comunicación o en los comités de solidaridad internacional va a ser demonizado muy fácilmente, como el Partido Comunista del Perú. Pero la guerra es así”.

LA BANDERA BLANCA DE AL QAEDA

El 28 de julio del año pasado Jabhat al-Nusra rompió lazos con Al Qaeda y pasó a llamarse Jabhat Fatah al-Sham, en un movimiento aprobado y promovido por Al Qaeda, que de esa manera ve más fácil conseguir sus objetivos territoriales últimos. Desde el pasado mes de enero se presentan como Tahrir al-Sham tras haberse fundido con otros cuatro grupos. A pesar de que en este momento la guerra parece decantada del lado del baazismo, en el hipotético caso de que el régimen colapsara, y con él Siria como Estado-nación, Tahrir al-Sham ambiciona un emirato o por lo menos capacidad de negociación sobre el futuro del país, cosa que no puede lograr si es considerado como un grupo terrorista.

“Creo, espero más bien, que el terrorismo de Al Qaeda en Europa sea historia, que estén pensando de una manera distinta. De veras lo espero. He hablado con mucha gente de Al Nusra y siempre te dirán que nuestro sistema es decadente, que la democracia es mala y que las mujeres en nuestros países se comportan como putas, pero no escuché a nadie, en ningún momento, decir que por ese motivo debían de atacarnos. Me sorprendió porque cuando EE UU entró en la guerra su primer objetivo no fue el Estado Islámico sino Al Nusra. Pensé que con aquellos bombardeos el odio aumentaría y se comportarían de una manera más agresiva, pero no le dieron mucha importancia. Se resignaron diciendo que Estados Unidos siempre les atacaría. Creo que si lo que estamos viendo en Siria es el nuevo Al Qaeda, se trata de una buena noticia para el mundo. Sinceramente, llevamos bombardeándolos desde hace 16 años. ¿Han desaparecido? No, pues quizá no deberíamos atacar cualquier cosa que tenga una bandera negra y crearnos enemigos que no lo son. Una de las grandes lecciones que los americanos deberían haber aprendido en Vietnam es que no se ganan guerras de insurgencia asesinando a decenas o cientos de miles de personas. Se ganan cuando se ganan los corazones y la mente de la gente. En este momento Al Nusra están centrados en tirar abajo una dictadura de Oriente Medio. Déjalos que se diviertan”.

Refsdal se mueve sobre la fina, afilada línea que separa bandos enfrentados, cruzándola, lo que puede despertar suspicacias a ambos lados de ella. Como parte de la liberación del secuestro talibán se le exigió convertirse al Islam, religión que desde entonces profesa. Es difícil saber si su fe, como sus palabras favorables sobre el futuro de Al Qaeda, no se deben a otra cosa que al tacticismo profesional. Al fin y al cabo el credo islámico es básico para acceder a estos grupos rebeldes, muchos de los cuales consideran que la apostasía debe ser castigada con la muerte, y al fin y al cabo tampoco va a volverse en contra de fuentes con las que pretende seguir colaborando. Esa posición le ha llevado a dar una charla frente al ejército noruego sobre la gestión de su secuestro, a modo de asesoramiento, pero también a negarse a colaborar en repetidas ocasiones con los servicios de inteligencia ingleses, que le han solicitado el material sin editar de Dugma: The Button (el otro protagonista de la película, Abu Basir al-Britani, antes conocido como Lucas Kinney, es ciudadano inglés).

Esa fina, afilada línea le volverá a llevar dentro de poco a Siria. En el futuro, casi con toda seguridad, a otros conflictos.

En esta guerra, al margen de cualquier otra consideración, Pål S. Refsdal ha llevado a cabo una hazaña que le debemos reconocer: abrir un nuevo hueco en el búnker informativo.