El legado de Ramón Valdés, el entrañable Don Ramón de ‘El Chavo del Ocho’

Quizás fue sin querer queriendo, pero lo cierto es que, con los primaveras, la serie El Chavo del Ocho se convirtió en todo un engendro televisivo, una gran comercio de personajes entrañables y un referente de la civilización popular mexicana.

La acertada idea caldo de manos del actor, director y libretista Roberto Gómez Bolaños ‘Chespirito’ (fallecido en 2014), que comenzó triunfando con una especie de charla de humor de media hora de duración —citación Los supergenios de la mesa cuadrada—, que luego daría origen a un software más extenso llamado Chespirito. Y fue aquí donde nacieron El Chapulín Colorado y El Chavo del Ocho, espacio que a partir de 1971 pasaría a ser un software independiente y que se mantendría en antena, de una forma u otra, hasta 1992.

El Chavo, una crítica al clasismo de la sociedad mexicana en esencia de humor, se convirtió en una de las joyas de la sujeción Televisa y ha sido retransmitida con éxito en medio mundo. En ella se narran las aventuras de un párvulo huérfano —encarnado por el propio Chespirito— que vive en un barril y convive con gentío variopinta en una inmediaciones cualquiera de México. Precisamente uno de esos vecinos —uno de los preferidos de la audiencia, por cierto— es Don Ramón, padre (soltero) de la alocada Chilindrina (María Antonieta de las Nieves), simpatía platónico de Doña Clotilde (Angelines Fernández) y ‘persona non grata’ para Quico (Carlos Villagrán) y, sobre todo, para la matriz de este, Doña Florinda (Florinda Meza).

Don Ramón (o Ron Damón, como le candela El Chavo en la serie) fue interpretado magistralmente durante poco más de una período por el actor Ramón Valdés, que falleció en 1988. Su personaje, el de un hombre desempleado, renegón, deudor y linajudo, conectó rápidamente con los muchos seguidores del software —se calcula que, en 1975, la serie llegó a ser audiencia por 350 millones de espectadores cada semana—.

Ataviado con un sombrero vetusto, tejanos y camiseta de algodón, Don Ramón se pasaba el tiempo vagueando, protegiendo a su hijita y huyendo del Señor Barriga (Édgar Conejera), al que le debía ‘catorce meses de renta’. Pero parece que a Valdés no le costó demasiado trabajo meterse en el papel —los que le conocían aseguran que en la vida auténtico era un calco de su personaje—. Estaba predestinado a la interpretación, transmitido que dos de sus hermanos, Manuel ‘El Psicótico’ Valdés y Germán  Valdés Tin Tan, se convirtieron en su día en referentes de la citación época de oro del cine mexicano. Él aprovechó su vis cómica para hacerse un hueco en el mundillo y debutó como extra en la comedia musical Calabacitas tiernas, ¡Ay, qué bonitas piernas! (1949).

Posteriormente, participó en medio centenar de pelis mexicanas más —trabajo que, durante un tiempo, se vio obligado a rotar con otros oficios como el de carpintero, comerciante ambulante o chofer de camión—, antiguamente de triunfar en la mítica sitcom. Chespirito, que de hecho era fan notorio de las interpretaciones de Valdés, no dudó en ficharle cuando comenzó a escribir y dirigir sketches de humor en la tele.

El actor debutó en televisión de la mano del popular productor a finales de los sesenta, en el espacio Los supergenios de la mesa cuadrada, un sketch integrado en sus inicios en el software de variedades Sábados de la fortuna, y donde trabajó por primera vez con el todavía actor Rubén Aguirre y con la que luego sería por muchos primaveras su hija en la ficción, la actriz María Antonieta de las Nieves ‘La Chilindrina’.

En 1973, Valdés se incorporó todavía al relación de El Chapulín Colorado, donde durante un quinquenio daría vida a personajes tan singulares como el malvado Tripaseca —adversario del protagonista—, Super Sam —héroe pobretón y barbudo vestido de Superman que parodiaba al Tío Sam— o el Peterete —compañero de batallas del atracador Chómpiras en las primeras versiones de la comedia Los Caquitos—.

Sin confiscación, fue su celebrado papel en El Chavo el que mejor aguantó el paso del tiempo. No en vano, su personaje llegó a triunfar en países tan dispares como Colombia, Brasil, Rusia o España. Dicen los que le conocieron que parte del éxito del actor radicaba en su amoroso carácter, su facilidad para el humor blanco y su gran feeling con niños y adultos.

Muchos quedaron sorprendidos cuando Valdés —siguiendo los pasos de su compañero Villagrán— abandonó en 1979 la serie con la que se había metido al manifiesto en el faltriquera. Durante primaveras, se rumoreó que la valentía obedecía a un desacuerdo financiero, aunque todavía se afirmó que lo hizo por supuestas desavenencias con la actriz Florinda Meza, que tras iniciar una relación sentimental con Chespirito había empezado a tomar las riendas de la dirección de la serie.

Durante esa nueva etapa, el actor apareció en alguna que otra película y, poco a posteriori, decidió irse con su compañero Villagrán a Venezuela, donde interpretó a Don Moncho en la serie cómica Federrrico (1982). Pero los bajos índices de audiencia del software hicieron que, tras la primera temporada, optase por regresar a México —y durante un tiempo volvió a dar vida a Don Ramón en la popular serie de Chespirito—.

Inclinado al tabaco —solía fumar siempre en entrevistas, rodajes y antiguamente de copular— y la bebida y poseedor de una gran memoria, Valdés vivió adecuado en su papel de actor encasillado. Tras desentenderse la serie que le dio la éxito, recibió muy pocas ofertas de trabajo, y lo cierto es que todas ellas fueron súplicas de su colega Chespirito para que volviese a ponerse en la piel de Don Ramón.

Valdés ganó mosca y llegó a tener su propio circo, con el que triunfó tanto en México como en otros países. Adicionalmente, durante los primaveras que trabajó con Chespirito hizo bolos por toda Latinoamérica anejo a sus compañeros de reparto. En 1987, y tras romper definitivamente la relación sindical con su mentor, el hombre de las mil muecas trabajó durante unos meses más —el tiempo que la enfermedad que sufrió le permitió tener cierta autonomía— en Ciudad de México anejo a Carlos Villagrán en la comedia ¡Ah qué Kiko!, que dejó de emitirse cuando el intérprete falleció.

Valdés murió en su Ciudad de México procedente el 9 de agosto de 1988, tras contender durante poco más de tres primaveras contra el cáncer. “Primero tuvo cáncer de estómago y luego de huesos, que es con el que murió. Le dio un tumor en la columna vertebral, de forma que quedó sin sensibilidad en el cuerpo. Y eso fue bueno para él, porque no tenía dolor”, aseguraba en una entrevista Aracely Valdés, una de sus hijas —el cómico tuvo diez hijos con tres esposas diferentes—. El actor no llegó a cumplir los 65 primaveras, pero dejó una huella imborrable en la historia de la televisión mexicana.

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