Fiorella Faltoyano: “Siempre he querido ser sincera, en la vida y en el cine”

–¿Tienes miedo a las bestias? –dice una voz dulce y rasgada, una voz llena de recuerdos.

Yo no veo quién habla y me cuesta escuchar lo que dice. Unos ladridos respingones invaden la calle solitaria, cerca de la Castellana, en vísperas del jueves santo. No veo quién me pregunta al otro lado de la puerta, número quince, pero no tengo dudas de que es Fiorella Faltoyano, actriz icónica de la Transición, musa de Garci, discípula de Ángeles Rubio-Argüelles, ex mujer del productor José Luis Tafur –Asignatura pendiente, Solos en la madrugada–, actual pareja del director e historiador Fernando Méndez-Leite, madre de su hijo Daniel, amiga de Pilar Miró, de Sancho Gracia, de Emma Cohen, y, ahora, escritora de memorias y relatos. Fiorella Faltoyano es todo esto y, como dicen sus memorias, también una desconocida mujer.

–Este es Coco –dice ella señalando hacia el suelo. Allí, con las orejas puntiagudas, está el perro de los fieros ladridos, un bodeguero pequeñajo y simpatiquísimo que va a salpimentar nuestra entrevista de cariñosos lametazos.

Hace 40 años que se estrenó Asignatura pendiente, la ópera prima de José Luis Garci que revolucionó el cine español a finales de los años 70 y que supuso uno de los mayores éxitos de la Transición. También el inicio de una larga relación entre el director y su protagonista femenina, que volverían a colaborar en películas como Solos en la madrugada o Canción de cuna.

Y vais a volver a trabajar juntos…

Garci me preguntó si estaba libre en septiembre para rodar en Asturias una precuela de El crack.

Decía que se había retirado…

Sí, dijo que no quería hacer nada más, que era una lucha y que no tenía ganas. Si volviese a trabajar con él, para mí sería como cerrar un círculo.

En 2013 Fiorella se sentó a escribir. Tenía una vida que contar y muchas preguntas que resolver. “Yo había cerrado muchas etapas, habían pasado cosas muy fuertes y me entró la duda: ¿Ahora qué? ¿Cómo entiendo todo esto que ha pasado?”. La respuesta era escribir, escribir con la vida. En 2014 aparecieron sus memorias de título genial: Aprobé en septiembre, publicadas por La esfera de los libros. “Las escribí por necesidad y cuando las terminé se las di a mi hijo para que tuviera un relato de su madre. Y casualidades, una editora quiso publicarlas. No cambió ni una coma”, recuerda.

Aprobé en septiembre es un relato emocionante, verdadero y real. Un adjetivo al que Fiorella Faltoyano ha aspirado toda su vida. “Yo siempre he querido ser sincera, en la vida y en cine. No sé por qué”. Es también el recuento con humor de una vida novelesca con un padre ausente, una madre demasiado presente y el recuerdo de una niña que no quería ser distinta al resto y que encontró en el teatro su lugar. “No estoy muy segura de si lo elegí yo o me eligió a mí –responde ella–. Era también lo que mi madre quería, como explico en el libro, para que fuese conocida. Y yo siempre digo que he tenido mucha suerte en la vida, en los momentos terribles en los que no sabía qué iba a ser de mí… de pronto aparecía algo o alguien que me guiaba. Yo no creo que haya solucionado ni decidido demasiadas cosas”. Aprobé en septiembre son también las memorias de una mujer construyéndose a sí misma, de una niñez nómada y de una adolescencia de pérdida, de una hija con tres padres y ninguno: el segundo marido de su madre, el que realmente lo era y el italiano que, suponiendo que lo era, secuestró a la pequeña Fiorella.

–No hay imaginación –recuerda ella–. Mi padre me llevó a Italia y, al cabo de los días, asomada a un balcón vi aparecer a mi madre como Anna Magnani, guapísima, rodeada de caribinieri, que venía a por mí.

Tu madre ocupa un lugar muy importante en tus memorias. Sobre todo, cuando tú vas a tener un hijo. Y, luego, cuando llegas a decirte a ti misma que no la quieres.

Yo tiraba a la contra porque no quería repetir nada de lo que ella había hecho conmigo. Nunca tuve la sensación de que mi madre me respetara, así que mi obsesión como madre fue respetar a mi hijo todo lo posible. De todas formas, yo siempre había pensado que mi madre era un caso extremo y cuando salió el libro era de lo que más gente me hablaba, muchas mujeres me contaban lo que les habían condicionado las relaciones con sus madres.

¿De ahí que busques a lo largo de tu vida a otras madres, otros referentes de mujer?

Evidentemente. Mis amigas, mis novios… todos ellos han sido siempre mi padre o mi madre. Mis amigas siempre eran mayores, con cierto peso, que yo pudiera respetar y valorar. Y los novios eran papás.

Por ejemplo, siempre has considerado a Ángeles Rubio-Argüelles, tu mentora en el teatro ARA –del que también salieron Antonio Banderas, María Barranco o Raúl Sender– y la ex mujer de Edgar Neville, como tu segunda madre.

Sí. Ella era impresionante, le encantaba dirigir y estaba montando obras todas las semanas en su teatro Bombonera, con su propio dinero. Estaba súper relacionada con los intelectuales de la época. Era un personaje muy interesante. Para que te hagas una idea, se fue de viaje de novios a Hollywood con Neville y estando allí, él se enrolló con Conchita Montes, que luego sería su amante toda la vida. Era una sociedad muy pija pero muy abierta y muy culta. A mí Angelita me cambió la vida. Me fui a vivir con ella con catorce o quince años. Eso fue mi salvación. No sólo me enseñó a interpretar, fue una maestra de la vida. Me dio las armas para que yo sintiese que era alguien, que valía para algo.

Pero antes de eso tú ya habías tenido contacto con el cine.

Sí, antes de vivir en Málaga había vivido con mi madre y su marido nuevo en Ginebra. Allí yo iba al cine todo el rato. No había censura y veía Belle du Jour, Fedra, Los paraguas de Cherburgo. Por eso te digo que mi vida no era normal en ningún aspecto. ¿Qué niña en los años 60 había visto esas películas? Pero nada en mi vida lo era. Un día yo tenía un padre y una madre. De pronto, ya no tengo ese padre y mi madre me deposita en casa de mi abuela. En esas, me rapta mi padre que luego descubro que no es mi padre. Y mi madre se casa con otro y me toca aceptar que tengo un padre nuevo y nuevos hermanos.

¿Eso te convierte en una persona que se adapta fácil al cambio?

Creo que todo lo contrario. El otro día oí que cuando se te mueren los padres rompes el último nexo que te quedaba con la infancia. Yo me doy cuenta de que tuve que matar a mi padre y a mi madre mucho antes. Quería salir echando leches de mi infancia porque me daba mucha inseguridad. Toda mi vida he sido muy insegura y creo que es por eso. A pesar de lo cual siempre he sido muy lanzada. Sabía que si pensaba no actuaba.

¿Y cómo trabajas con esa inseguridad en una profesión con tanta exposición como la de actriz?

Porque yo siempre he sido otra cuando interpretaba. Valentía real para mí fue la de publicar las memorias, pero ya tenía otra edad y más armas.

¿Cómo fue el paso al cine?

A través de mi representante conseguí un papel en Club de solteros. La película no estaba mal pero yo estaba como el culo. En esa época, compaginaba teatro y televisión, así que no me supuso demasiado. El shock fue cuando me vi. Me pareció que no tenía ni idea y que no estaba preparada para hacer cine. Pero luego se fueron encadenando las películas, hice una segunda en la que me vi mejor, y una tercera que no quiero recordar y por la que casi dejo el cine. Yo protagonizaba cinco programas al mes de Televisión Española, con los mejores directores y actores de primera línea. ¿Para qué tenía que hacer ese cine tan malo? Así me libré de toda esa etapa horrible de los últimos 60 y primeros 70 del cine español.

Qué pena que no te viésemos en películas del Nuevo Cine Español.

Sí. Cuando me dieron el premio en Málaga me preguntaban qué había supuesto en mi carrera trabajar con Garci. Pues, por un lado, me dio la opción de hacer otro cine. Pero, o me hacían repetir el mismo personaje porque era cómodo o se daba ese rechazo a sus películas que ha existido en España. En el cine me he perdido muchísimas cosas y me da pena. Ahora ya paso un poco pero hasta hace un tiempo me cabreaba porque sabía que estaba en una edad estupenda y que podía dar más de mí misma. Yo creo que he hecho mejor carrera en televisión, pero qué le vas a hacer, cada uno tiene la carrera que tiene.  Sin embargo, a veces, veía películas y me sentaba fatal que no hubiesen pensado en mí.

¿Por ejemplo?

Bueno, yo había hecho mucha televisión con Pilar Miró y, además, éramos muy amigas. Cuando Pilar iba a hacer su primera película me dijo que quería que la hiciese con ella y me dio el guión. Tres meses después estaba rodándola sin mí. Esto no lo he contado en mis memorias porque no sabía qué podía aportar, pero me dolió mucho.

Parece que Pilar Miró era una mujer complicada.

Era una persona muy compleja, con muchos problemas e inseguridades. La imagen que daba era de Gary Cooper, pero era todo lo contrario.

La imagen que daba era de supermujer o, más bien, de superhombre.

Sí, era muy masculina. Era su manera de enfrentarse a un mundo de hombres, ser más macho todavía. Hacía una cosa muy graciosa que era mandar flores a los tíos. Pero luego también era una mujer necesitada de afectos y con una enfermedad congénita que la hacía débil.

¿Crees que la situación ha mejorado para las mujeres en el cine?

Claramente. Como en todos los órdenes de la vida siempre estamos un paso por detrás, pero creo que no tiene nada que ver. Desde los equipos técnicos a las guionistas. Yo últimamente trabajo con mujeres guionistas casi siempre. Y los personajes… Según la mujer se incorpora a la vida civil eso tiene que tener un reflejo en el cine. Antes la mujer era la novia de, la madre de… y el chico era el que vivía la aventura de la película. Ahora, por ejemplo, hay películas y series estupendas como Borgen, en las que las mujeres tienen grandes responsabilidades y los hombres acuerdan aparcar sus carreras para apoyarlas. Aunque luego eso tenga unas consecuencias, que la serie refleja muy bien, que en el caso contrario no tendrían. Otra cosa somos las actrices de 60 años. ¿Por qué tenemos que seguir haciendo de abuelitas? Mujeres de mi generación hay científicas, abogadas, escritoras… Es muy raro ver estas historias en el cine.

 

Hay una historia de tus memorias que me encanta. Cuando José Luis Tafur, que más tarde sería tu marido y el padre de tu hijo, te pidió 1000 pesetas y luego te invitó a cenar a Horcher pagando con ellas.

Él era así, muy de “a ver cómo impresiono a esta”. ¿Pero no te gustó cuando le rajé las ruedas del coche? [se ríe]. Después de toda una vida, José Luis me había dejado por otra y yo me fui a Barajas y le rajé tres ruedas del coche; pero con la cuarta me entró miedo por si había cámaras de seguridad. Pero es que, en ese momento, yo quise ser mala, así que trinqué el cuchillo más grande que tenía en la cocina y me fui al aparcamiento de Barajas. Hasta que no encontré el coche no paré.

Sin embargo, al separaros conservasteis una buena relación. Hasta el punto de que cuando enfermó de alzheimer tú fuiste quien le cuidaste.

Claro. Es que para mí él lo era todo. Mi padre, mi madre, la persona que me enseñó a vivir de otra manera. Era la segunda Ángeles Rubio-Argüelles pero con sexo y siendo mi pareja. Cuando alguien se convierte en todo lo que tienes y con ese todo construyes una vida y tienes un hijo, y sientes que eres quien quieres ser y que eso era lo que tú querías en la vida… es muy difícil romper. Igual se acaba tu relación de pareja pero todo lo demás permanece. Además, todo el mundo alucinaba porque pensaban que le había dejado yo, porque me sacaba 20 años.

Al contrario de lo que se cree, el papel de Elena en Asignatura pendiente no se lo debes a él.

No le hacía mucha gracia que fuese actriz, creo que se pasó media vida pensando: “Qué bien el día que lo deje”. También hay que entenderlo. Me llevaba 20 años, y aunque no era machista y era liberal… para alguien que había crecido en el franquismo, que tu mujer se fuera a rodar a no sé dónde, que se despelotara, que se metiera en la cama con otro… No le hacía nada de gracia, la verdad. Y para ser exactos, él sólo me dio trabajo al principio, en la época de la televisión, cuando era realizador, y lo hacía para ligar conmigo. Con Asignatura pendiente, alguien mencionó mi nombre y él miró hacia otra parte. En un diccionario del cine que leí me acuerdo que decía: “Gracias a su matrimonio con José Luis Tafur, Fiorella Faltoyano interpretó un papel en Asignatura pendiente”. Pues no fue para nada así. Él no tenía ningún interés en que yo protagonizase la película.

En tus memorias dices que lo más importante de la vida es amar…

Bueno, yo muchas veces digo una cosa y la contraria. ¿Cuándo puedes decir esto? Cuando además de que has amado y has sido amado y muy bien, has tenido otras cosas. Solo no vale, pero me parece lo más importante. La capacidad de sentir, de emocionarte, de poder ponerte en la piel del otro. ¿Todo lo demás qué es? ¿Que te recuerden por qué? ¿Porque has hecho tantas películas o has escrito no sé cuántos libros? Muy bien, pero si alguien, muchos, todos los más que puedas, no sienten que cuando te vas se ha ido algo importante de sus vidas… ¿qué sentido tiene todo lo demás?

¿Y qué lugar ocupa entonces el reconocimiento por tu trabajo?
Bueno. Hace poco me pasó una cosa. Estaba en una boda y una mujer se acercó a presentarse. Me contó que su padre había muerto hacía un año. Estaba ciego y, dos días antes de morir, le había pedido ver Asignatura pendiente. Entonces ella le dijo: “Pero, papá, si ya no ves…”. “Pero puedo oírla a ella”, le contestó. Según esta mujer me lo contaba se me cayó una lágrima de la emoción, porque nunca soy del todo consciente de que con mi trabajo soy capaz de comunicar emociones que lleguen a los demás.

Mientras rodabais Asignatura pendiente, ¿sabíais que tendría ese alcance?

No, pero yo siempre digo que es una película hecha con el corazón. Porque todos creíamos en ese proyecto y había un entramado de gente que tenía complicidades y que estaba pasando por eso. Lo que no podíamos imaginar es que había tantas tripas en nuestra misma situación en España. Era una película muy sincera, muy naif, sin pretensiones más allá de lo que le estaba pasando a una generación. Resultó que gran parte del país estaba en las mismas y por eso tuvo éxito.

Fue una película absolutamente indie…

Hasta tal punto que cuando estaba hecha nadie quería proyectarla, no la entendían. ¿Esto qué es? ¿Estos que dicen tacos? No es que pensasen que iba a ir bien o mal, sino que no la entendían.

Al revisar la actitud de los políticos con la cultura en esos años se ve una voluntad y unas ganas que ahora brillan por su ausencia.

Sí. Había ganas y había interés en dar un salto cualitativo, de sacarnos de la caspa, de abrirnos a Europa. Hubo una intención y unos recursos al servicio de eso. Con mayor o menor fortuna, pero se hizo.

Después de Asignatura pendiente, Sacristán empieza a recibir papeles interesantísimos y, sin embargo, a ti te llegan personajes de películas del destape.

Absolutamente. Para Pepe fue lo que disparó su carrera. Pero yo me convertí en la compañera mona, en la que se desnudaba. Rechacé muchos papeles pero tenía que hacer alguno. A mí aquello me cabreaba. Yo soy muy autocrítica, pero creo que estaba muy bien en esa película. Me daba rabia que todos viesen el desnudo absurdo y no el trabajo interpretativo que hacía. También es verdad que no había muchos personajes femeninos interesantes en esa época.

Conociste a Emma Cohen en aquellos años.

Sí, y nos hicimos amigas. Pero nos habíamos conocido años antes, en un programa con Tafur en Televisión Espoña, y a mí me había caído muy mal. Había desembarcado en Madrid como la musa del cine catalán, como si fuese Sara Montiel. Es curioso cómo luego cambió su carrera.

Hay otra película clave en tu filmografía que se estrenó por esos años, La colmena.

Bueno, pero en esa película estábamos toda España. Al final, lo analizo y pienso: “Yo he hecho películas muy malas con mucho éxito, otras buenas que han tenido éxito… A lo tonto, he hecho muchas cosas que han estado muy bien y que han funcionado”. Es cierto que no tengo tanta carrera como me hubiese gustado y que no he hecho personajes con una entidad mayor. Pero siempre que se ha hecho algo que merecía la pena, ahí estaba yo. De todas formas, te voy a decir una cosa, cuando me dijeron que me iban a dar el premio de Málaga… Me pasé dos meses preguntándome si me lo merecía. Lo digo de corazón. Al final, pensé: “Bueno, no sé si ha sido una buena carrera, pero larga… ha sido larguísima. ¡Cincuenta años!”.

¿Cuál es tu trabajo predilecto, el que más feliz te ha hecho o del que más orgullosa te sientes?

Esos trabajos, sobre todo, están en televisión. Por ejemplo, Tango, una serie de Miguel Hermoso que nunca más se ha repuesto. Hice otra serie, La vida en el aire, con el hijo de Mercero, de Iñaki Mercero, que se estrenó fatal. De La Regenta, siendo un personaje secundario, estoy muy contenta. También Canción de cuna…

Cuentas en tus memorias que tus amigos te decían que no parecías actriz.

Eso me cabreaba mucho porque sentía que me lo decían porque no era buena actriz. Es un cumplido un poco peliagudo para los otros compañeros de profesión. Quizás porque yo le he dado más importancia a mi vida personal que a mi carrera. Le he dado más importancia a ser persona humana, a ser verdad. He intentado que ser actriz no contaminara mi día a día. He visto a mucha gente que se ha convertido en un personaje, en una caricatura. De todas formas, todos interpretamos todo el rato. Fernán Gómez lo decía: “Todo el mundo es un actor, todo el mundo representa”. Era muy gracioso y, hablando de memorias, qué geniales eran las suyas.