Jonathan Demme: más allá de ‘El silencio de los corderos’

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Es un hecho: para la historia del cine, Jonathan Demme será para siempre el creador de El silencio de los corderos y (en menor medida) el de Philadelphia. Nada hay de malo en ello: reinventar el thriller (ofreciéndole, de paso, dos papeles irrepetibles a Anthony Hopkins Jodie Foster) y dirigir la primera película de gran presupuesto sobre la pandemia del sida (poniéndole en bandeja su primer Oscar a un Tom Hanks en busca del respeto crítico) son razones suficientes a fin de que un cineasta pase a la historia. Mas el director neoyorquino, que ha fallecido hoy a la edad de 73 años, contaba con otros trabajos interesantes en esa filmografía que fue tan excéntrica como irregular. En homenaje a su memoria, acá te presentamos las 6 películas con su firma que sería más oportuno rescatar.

Como es sabido, Demme comenzó su andanza sudando la gota gordita a las órdenes de Roger Corman. Y, en su película de debut, eso se aprecia que da gusto. Como permite adivinar su ‘sutil’ título de España, La prisión caliente es puro sexploitation de prisiones (ese género tan de su época) a mayor gloria de Barbara Steele, Juanita Brown, la ‘chica Russ Meyer’ Erica Gavin y otras currantes del subgénero. Ahora bien: la película cumple de sobra, y, además, participa de obsesiones de su directivo como los personajes femeninos al máximo y los entornos sórdidos.

El tránsito de los setenta a los ochenta fue una temporada de gloria para el thriller, con obras señeras del género a cargo de Brian De Palma, John Carpenter, Sam Peckinpah y otros maestros. La primera película ‘seria’ de Demme (una vez descuidada la férula de Corman, y tras haber firmado trabajos tan surrealistas como Luchando por mis derechos) se apunta a esa corriente, y, para ello, cuenta con 2 importantes bazas. La primera: un reparto encabezado por esas fuentes vivas de mal rollo llamadas Roy Scheider, Janet Margolin Christopher Walken. La segunda: una trama-rompecabezas en la que se mezclan el planeta del espionaje y la terrible (pero cierta) historia del Zwi Migdal, el sindicato del crimen que controló el tráfico de mujeres en América durante más de medio siglo.

Tras el fracaso de Chicas en pie de guerra (un filme que le llevó a chocar su testuz con las de Kurt Russell Goldie Hawn), Demme procuró cobijo en el mundo de la música. Un mundo que conocía realmente bien, dada su faceta como realizador de videoclips. Así pues, el director de cine terminó siendo el encargado de un filme que documentaba el directo de los Talking Heads en su temporada más creativa. La banda de David Byrne Tina Weymouth estuvo excelente sobre las tablas, la escenificación resultó de lo más innovadora y Demme (ayudado por el directivo de fotografía Jordan Cronenweth, padre de Jeff Cronenweth) captó el conjunto en una de las mejores películas-concierto de la historia.

La faceta musical de Demme merece una ojeada atento. Y, en ella, reluce con luz propia este trabajo para New Order, al que podemos calificar sin miramientos como “el anti-videoclip”. Sin un solo movimiento de cámara, y con su frecuente uso de los primeros planos, Demme capta a la banda de Manchester tocando en riguroso directo, haciéndonos sentir como si nos hubiéramos colado en su local de ensayo. El resultado es impactante todavía el día de hoy, pero su rodaje no estuvo exento de tropiezos: gran admirador del batería Steve Morris, Demme rodeó sus tambores con cámaras para rodarlo lo mejor posible… y se llevó uno de los chascos de su vida, pues el tema usaba una caja de ritmos.

De puro de los ochenta, la película que relanzó la carrera de Jonathan Demme como director de ficción podría llevar calentadores. Y, a falta de ellos, bien están la peluca y los collares de una Melanie Griffith desatadísima, que arrastra al ejecutivo Jeff Daniels en un viaje delirante con prosecución incluida al cargo de un ex- marido sicópata (Ray Liotta). Con grandes críticas y una buena recaudación, Algo salvaje pareció encaminar la carrera de Demme cara la screwball comedy, un género que volvió a practicar en Casada con todos (1988). Mas, poco después, el cineasta recibió la oferta de dirigir cierto thriller sobre una agente del FBI y un siquiatra sicópata. Y todos sabemos cómo terminó la cosa.

La gloria y los Oscar de Demme con El silencio de los corderos Philadelphia acabaron resultando fugaces. El inmenso trastazo de Beloved (mil novecientos noventa y ocho), la mala acogida a La verdad sobre Charlie (2002) y su templados remake de El mensajero del miedo (2004) hicieron que la entrada en el siglo veintiuno no fuera precisamente agradable para Jonathan Demme. Así, el director se tomó un respiro dirigiendo un filme de bajo presupuesto… que acabó resultando el mejor valorado de los últimos tiempos de su carrera. No nos hagamos ilusiones, eso sí: el filme, sobre una yonqui recién desenganchada que asiste a la boda de su hermana (y arma la tremolina de rigor), fue concebido como un vehículo de lucimiento para una Anne Hathaway que acabó nominada al Oscar y al Globo de Oro. Cuando menos, Demme pudo entregarle un cameo cantarín a su amigo Robyn Hitchcock