La ciudad de las estrellas La La Land (Pensamiento)

La ciudad de las estrellas La La Land (Pensamiento): Segunda, encender la radio y olvidarte, momentáneamente, de esa manía tan tuya de meditar que la música (y ya puestos, el cine) de en la actualidad no vale nada. Navega un tanto por el mar de transmisoras y halla aquella en la que te sientas más a gusto. Y déjate llevar. Canta con todas y cada una de las energías que tengas en el cuerpo. Fuera complejos, pues el estúpido del turismo de la izquierda, fíjate, hace precisamente lo mismo que . Y el de la derecha. Y el de delante. Y el de atrás. Ya no son idiotas, sino más bien criaturas gráciles, afables y virtuosas. Y en el momento en que te has dado cuenta, resulta que aquella autopista inficiona, exactamente la misma ratonera en la que estabas persuadido de que ibas a fallecer miserablemente 5 minutos ya antes, se ha transformado a lo largo de este breve mas muy intenso período, en la pista de baile más increíble que se haya visto nunca. Los de la carretera de al lado, estupefactos ante semejante espectáculo, detuvieron asimismo sus automóviles y se apuntaron a la celebración. Ni pudieron ni desearon refrenar las ganas de ser parte de aquello. Y de esta forma, la fiesta se extendió hasta los límites de la área urbana. Y los excedió, y conquistó el país, y el continente, y el planeta entero… y momentáneamente, la vida fue de nuevo fantástica. Nos dimos cuenta, y ya había comenzado ‘La La Land‘.

No estábamos todavía en “La urbe de las estrellas”, sino más bien en la de los canales. En el Lido, para ser más precisos, con la disculpa de la 73ª edición del Festival de Cine de Venecia. Tras el tropiezo del año precedente con la impropia ‘Everest’, de Baltasar Kormákur, la organización tuvo a bien regresar a dar a su película de apertura toda la extensión que dicha corporación merece, recordándonos de paso que estrenar un enorme festival, más que un privilegio (que asimismo), es una responsabilidad. Así, prohibido despistarse, considerablemente más amedrentarse. Y apareció Damien Chazelle… otra vez. En dos mil catorce, recordemos, en la 30ª edición del Festival de Sundance, tuvimos ocasión de conocerle. Se nos vendió que aquella película que presentaba a concurso era su debut… y realmente no, mas tal y como si lo fuera. El hombre (el chaval, para ser más precisos) era un astro cuyo brillo aún no había sido detectado por la mayor parte de radares. Con ‘Whiplash’, que de esta manera se titulaba aquella animalidad, lo pusimos al fin en el mapa. Dicha cinta, a propósito, sirvió como pistoletazo de salida para aquel certamen, y sin nosotros saberlo, ya estaba todo vendido en Park City. A ritmo de desmandada percusión jazzística, Chazelle asoló. En Sundance, y en Cannes… y a poco se quedó de reiterar en los Oscar.

“La ciudad de las estrellas La La Land”

Nada mal para un -falso- debut. Puesto que bien, un par de años después, Venecia puso su confianza en exactamente el mismo pequeño prodigio… y volvimos a dar en el clavo. Y nos recreamos en los placeres que solo pueden ofrecer esas canciones irremisiblemente pegadizas, que vamos a canturrear para nuestros adentros hasta el momento en que el cerebro no pueda más. De esto va en parte la nueva propuesta de Chazelle, de recordarnos la inmortalidad de determinadas expresiones artísticas a las que quizá dimos por fallecidas demasiado pronto. Llámelo jazz; llámelo género musical. Al salir del pase de prensa de ‘La La Land‘ en la Sala Darsena (donde se fueron encadenando los aplausos a lo largo de la proyección) era ineludible rencontrarse con una buena parte de las sensaciones de aquel año en Sundance. No había dudas al respecto: Chazelle lo había vuelto a hacer. Y lo hizo mejorando su fórmula del éxito. Si en su -genuino- debut, ‘Guy and Medeline on a Park Bench’ el cine y la música se enamoraron a primera vista; en ‘Whiplash’ se dieron una soberana tunda… y ahora en ‘La La Land‘ danzaban y cantaban en perfecta armonía, probando que no existe mejor pareja de baile que una cámara diligente y una de esas partituras que contagia eso que solo puede describirse como “la alegría de vivir”.

Como en los mejores musicales. Del Vincente Minnelli de ‘Un americano en París’ al Martin Scorsese de ‘New York, New York’; del Busby Berkeley de ‘Desfile de candilejas’ al Stanley Donen de ‘Siete novias para 7 hermanos’… ‘La La Land‘ es puro gozo amante del cine en su reverencia a un género que, de súbito, semeja estar más vivo que jamás. Es puro dispendio. De carisma por la parte de Ryan Gosling; de encanto por la parte de una Emma Stone sencillamente escandalosa. El resto, esa magia que solo puede aportar el cine, va al cargo del más espectacular de todos: el directivo, el argumentista… el hombre orquesta. Este, como ya se ha dicho, nos lleva a Los Angeles, esa urbe donde todo se adora mas nada se valora, y done Sebastian y Mia se van a conocer… y quién sabe si se enamorarán. Él es un músico peleado con el planeta, en su cabezota cruzada por conservar las esencias originales del jazz; es una joven aspirante a actriz, por el momento derrotada por la ceguera de una industria que no puede (o bien no desea) ver su talento. El planteamiento arquetípico del “chico-conoce-a-chica” revienta acá en uno de los arranques más excelentes que nos haya dado el séptimo arte en bastante tiempo, y discurre, mediante la hora y media sobrante, en una danza deslumbrante en la que la añoranza se transforma en un ademán para nada anclado anteriormente.

Tal y como si el CinemaScope se hubiese inventado ayer; tal y como si lo repelente fuera realmente cool (y de este modo es); tal y como si el flare azul fuera el complemento idóneo para el aroma a celuloide quemado. La veneración cara la tradición es solo equiparable al compromiso para con el futuro. Modernamente tradicional, o bien clásicamente moderna (qué más da), ‘La La Land‘ es una maravilla de la coreografía, del plano secuencia (el primero de ellos sostuvo la boca abierta de quien escribe a lo largo de precisamente 5 minutos y medio) y de las notas como rieles en una montaña rusa sensible irreprimiblemente cautivadora. Damien Chazelle, siendo consciente de que no se puede contagiar la pasión si esta no se siente en exactamente la misma piel, vuelve a comprender mejor que absolutamente nadie que no hay sentidos que se complementen mejor que la vista y el oído. El que banda sonora y guion sean prácticamente lo mismo (algo que ya se daba en ‘Whiplash’) como es lógico no es fruto de la casualidad. “No solo hay que escucharlo, asimismo hay que verlo” le afirma Sebastian a Mia en una escena del largometraje. Se refiere al jazz, mas en un meta-guiño que no por obvio deja de ser hermoso, no es bastante difícil imaginarse al propio Chazelle pronunciando exactamente las mismas palabras, refiriéndose ahora a una certidumbre que con él adquiere una nueva (?) dimensión: No hay cine sin música… y según parece, tampoco puede haber música sin cine. No es conveniencia, es puro flechazo. Es, ni falta hace decirlo, la genuina historia amorosa que nutre “La urbe de las estrellas”, ese atasco enorme, lleno de insensatos que se atreven a soñar. “Es algo problemático, comprometedor y muy excitante”. Nuevamente, lo afirma Sebastian… y Chazelle, claro, mediante un cine que del mismo modo hace soñar.

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La ciudad de las estrellas La La Land (Pensamiento)

Pelicula La ciudad de las estrellas La La Land 2016
Pelicula La ciudad de las estrellas La La Land 2016

 

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