Magneto contra la Dama de Hierro cuando Ian McKellen se enfrentó a Margaret Thatcher

Magneto contra la Dama de Hierro cuando Ian McKellen se enfrentó a Margaret Thatcher
Magneto contra la Dama de Hierro cuando Ian McKellen se enfrentó a Margaret Thatcher

Que Ian McKellen es una de las personas más tremendas sobre la Tierra es una cosa que salta a la vista. A sus honorables 78 años, el actor inglés puede ufanarse de ser Gandalf, Magneto, un distinguido intérprete clásico, el mejor amigo de Patrick Stewart… y uno de los activistas gay más conocidos del mundo, responsable de demoler más de un prejuicio. Puesto que el 28 de junio celebramos el día del Orgullo LGBT, es el instante idóneo para recordar uno de sus momentos cima alén de X-Men El señor de los anillos. Y uno, además, que se presta mucho a la guasa. Por el hecho de que, tratándose del Amo del Magnetismo, tiene lógica que McKellen saliera del guardarropa para plantarle cara a la Dama de Hierro’. Es decir, a la primera ministro Margareth Thatcher. 

Viajemos en el tiempo y el espacio, tal y como si estuviéramos en Días del futuro pasado. El sitio es Reino Unido, el año es 1988, y no es buena época para los súbditos gais y lesbianas de Su Chistosa Majestad. En Inglaterra y Gales, la homosexualidad sólo dejó de ser un delito penal en mil novecientos sesenta y nueve, hace menos de veinte años, al tiempo que la gente LGBT en Escocia ha tenido que aguardar hasta mil novecientos ochenta para dejar de padecer el acoso de la policía. Por si no fuera suficiente con lo anterior, el sida hace estragos, y, en frente de la pandemia, el gobierno de Thatcher reacciona con anuncios televisivos (con la voz en off de John Hurt) dedicados a fomentar el temor, que no a informar sobre el síndrome. Mientras tanto el consultor de Thatcher Christopher Monckton asegura que tiene la solución para detener los contagios: internar a los enfermos en campos de concentración.

En este contexto tan poco halagüeño, un Ian McKellen de cuarenta y nueve años no se puede lamentar. Si bien no ha rodado demasiado cine, sus dos décadas de carrera le han transformado en una presencia frecuente en los escenarios y la TV, con cuatro premios Olivier y un Tony en la estantería. Por lo demás su sexualidad es algo que solo conocen cuatro amiguetes (entre ellos, claro, Patrick Stewart) y está muy al margen de su imagen pública. Lo cual resulta irónico, como reconocerá más adelante: “En mi primera película, interpreté a un hombre gay, y después estrené Bent [la obra teatral de Martin Sherman sobre la homosexualidad en la Alemania nazi], lo cual ya es de por sí una salida del armario”. Sus pocas ganas de salir del guardarropa se deben, en parte, a que todavía tiene la esperanza de trabajar en Hollywood, y en parte a que y ciertas luminarias del activismo gay británico (como el insigne cineasta Derek Jarman) se profesan un odio totalmente mutuo. La chispa que lo cambiará todo tiene el nombre de Sección veintiocho.

¿Qué era la Sección 28? A primera vista, poca cosa: una enmienda a la Ley sobre Gobiernos Locales, tan trascendental  como una regulación sobre la pesca de la anchoa. Mas las apariencias eran una cosa… y la realidad, otra muy diferente. Espoleado por el temor al sida, con ganas de posicionarse en frente de la actitud pro-gay del Partido Laborista y con un escándalo en la cartera (el de Jenny Lives with Eric and Martin, un libro para pequeños sobre una familia homoparental), el gobierno conservador decide proponer esta medida, semejante (mas no idéntica) a la presente ‘ley de propaganda homosexual’ en Rusia. O bien a la ley de registro de mutantes del senador Kelly, ya que estamos.

Si la medida llegaba a aprobarse, los organismos y medios de comunicación públicos tendrían prohibido “promover la homosexualidad o bien ayudar a quienes la promovieran”. Los centros de enseñanza, mientras, deberían explicar a sus alumnos que el amor y la atracción entre personas del mismo sexo no constituían “un modo de vida aceptable ni un auténtico vínculo familiar”. Llevado a la práctica, esto suponía la retirada de subvenciones y apoyo a las asociaciones LGBT (esas mismas que, ante la pasividad del gobierno, hacían lo que podían para frenar la expansión del sida) y la condena de los jóvenes gays, lesbianas, bisexuales y transgénero al desamparo más absoluto. ¿Cómo respondió Ian McKellen a esta amenaza? Pues con una muestra de valor que Aragorn hubiese admirado: saliendo del guardarropa, en riguroso directo, a lo largo de una entrevista para la BBC.

A partir de ese momento, McKellen se convierte en el perejil de todas las salsas, siempre que esas salsas tengan por objeto impedir que la Sección veintiocho sea aprobada. Él ha reconocido que, en parte, eso se debió a que acababa de recortar con Sean Mathias, su pareja de más de 10 años, y precisaba algo en lo que desahogar la mala uva. Su presencia en las manifestaciones de rigor es constante, y en ellas pronuncia frases memorables. “Thatcher no tiene nada contra los gays, pero no desea que los gais se reúnan, igual que no tiene nada contra los obreros, mientras que no se les ocurra formar sindicatos (…) Están privatizando la homosexualidad. Y, si es de esta forma, quiero demandarles mis dividendos”, señaló.

Como apunta el propio McKellen, “el Reino Unido ama a sus actores”. Y nuestro hombre asimismo tuvo eso en cuenta en el momento de  buscar amigos que le ayudasen a llevar la pancarta. La presencia de Judi Dench, Vanessa Redgrave, Patrick Stewart (¡faltaría más!) y un Gary Oldman todavía muy pipiolo, por refererir solo unos nombres, convirtió los actos contra la Sección 28 en eventos mediáticos, algo que encarnizó todavía más el discute. El instante más gracioso (o de este modo) de McKellen llegó en el momento en que un ministro conservador le solicitó un autógrafo. McKellen se lo firmó, y en su dedicatoria podía leerse “Que te jodan: soy gay”. Calcúlese, puesto que, el chasco cuando, en mayo de mil novecientos ochenta y ocho, la ley de yerras fue aprobada en la Cámara de los Lores.

“La Sección veintiocho tuvo algo bueno: me obligó a decir la verdad”, admite hoy Ian McKellen. Asimismo, el actor señala que le cogió el gustillo a eso de tomar la calle, y, hoy, todo el mundo ha visto alguna foto suya en una manifestación o bien un acto público a favor de causas progresistas (no necesariamente LGBT). Por último, asegura que su visibilidad animó a otros actores gais a vivir su vida sin esconderse. “Debieron de pensar: ‘Si McKellen lo ha hecho, y prosigue trabajando, entonces yo también puedo”. En mil novecientos noventa y uno, se le concedió el título de ‘sir’, algo que llevó a su odiado Derek Jarman a ponerle como hoja de perejil. E, irónicamente, sus soñados trabajos en Hollywood comenzaron a llegarle a fines de los 90, cuando ya llevaba una década larga ejerciendo su activismo.

La Sección veintiocho se mantuvo en vigor hasta 2000 (en Escocia) y hasta 2003 (en el resto de R. Unido). Si bien no dio lugar a ningún proceso judicial, se estima que fue extremadamente lesiva para la causa LGBT… y también para la imagen pública de una Margaret Thatcher que fue destituida por su partido en mil novecientos noventa. La ex primera ministro falleció en 2013. Ian McKellen sigue vivo y coleando, esperamos que por muchos años. Para entonces, él mismo ha pensado en su epitafio: “Fue Gandalf, y salió del armario”.