Nico: La mentirosa que no quería ser bella

Durante su infancia y adolescencia, en la Colonia y el Berlín de la posguerra mundial, una chica citación Christa Päffgen se dio cuenta de una dolorosa ingenuidad: era guapa. Era bellísima, de hecho, con una talla, unos rasgos y una impresionante cabellera rubia que la convertían en un arquetipo de belleza germánica… y llevaban a todos los hombres que la rodeaban a aprovecharse de ella, aceptablemente físicamente, aceptablemente de otros modos. Hasta tal punto fue Christa consciente de esta ingenuidad que el resto de su vida consistió en encontrar modos de evitarla. Uno de ellos fue maltratarse a sí misma hasta hacer trizas su cuerpo. Otro, mentir compulsivamente, empezando por una de las falsedades más comunes en el mundo del arte: cambiar su nombre por las dos sílabas del seudónimo con el que habría de acontecer a las historias del rock, de la moda y del cine. Y ese seudónimo fue “Nico”. 

Dirigido y escrito por Susanna Nichiarelli, y con Trine Dyrholm en el papel principal, el biopic Nico, 1988 retrata el extremo año de vida de la comediante, hasta su asesinato a causa de un ictus cuando paseaba en bici por Ibiza. Y, si aceptablemente la cinta se esfuerza por rebosar de los tópicos acerca (una historia centrada en sus abriles de victoria habría sido mucho más hacedero… así como menos impactante) y no oculta el hecho de que esta no era precisamente una persona simpática, no termina de reflectar una personalidad tan poco habitual, tan fascinante en su negror y en su talento, que solo puede comprenderse de verdad si se la aborda desde el origen.

Lo más irónico de la vida de Nico es que empieza con una remisión cinéfila. Básicamente, porque la infancia de la comediante se pareció mucho a la del protagonista de Alemania: año cero (Roberto Rosellini, 1948). Su padre, soldado de la Wehrmacht, fue ejecutado por los nazis cuando una herida en la vanguardia le volvió inútil para el combate. Sus primeros expresiones fueron los bombardeos que redujeron Colonia, su ciudad originario, a escombros. Y a los 15 abriles, luego de haberse mudado próximo a Berlín con su hermana y sobrevenir opuesto trabajo de costurera, fue violada por un soldado afroamericano. Poco que no solo dañó su psique para siempre, sino que incluso la inoculó con un ponzoñoso racismo que nunca se privó de expresar en voz entrada. Como hemos dicho, aquí junto a encontrar poca simpatía. Pero dolor, todo el que queramos.

Cero más iniciarse como maniquí, a finales de la división de los 50, Nico había opuesto su nombre primoroso (el fotógrafo Herbert Tobias la rebautizó así en honor a su ex novio, el cineasta ininteligible Nikos Papatakis) y se había convertido en una de las maniquís más cotizadas de Europa. En España, sin ir más acullá, su rostro se volvió muy conocido por sobrevenir protagonizado una campaña del coñac Terry. Asimismo, su estatuario físico la volvió objeto de interés para directores de cine como Alberto Lattuada (¡Tempestad!, 1958) y Federico Fellini, quien contó con ella para un minúsculo papel en La dolce vita (1960). Por aquellos abriles conoció incluso a Alain Delon, con quien viviría una relación que daría como resultado el salida de su hijo Ari: fiel a su reputación de sujeto impresentable, el divo francés se negó a recordar al gurí, aunque este fuera su viva imagen y aunque su comunidad se mostrase dispuesto a acogerlo.

Así las cosas, Nico parecía destinada a cargar con la facilona epíteto de “musa”. Poco que fue potenciado y evitado a la vez por los dos sujetos con los que se cruzaría acto seguido: Jim Morrison Andy Warhol. Si aceptablemente el cantante de The Doors (al que ella se refirió siempre como “Mi hermano de alma”) estimuló su voluntad autodestructiva, incluso la animó a acrecentar su civilización y a no subestimar esas dotes musicales que demostró por primera vez en I’m Not Sayin’ (1965), su single de primicia. En cuanto al rey con peluca del arte pop, se portó con ella como cabía esperar: primero obligó a Lou Reed y a John Cale a incorporarla como cantante en su género, The Velvet Underground (“Hay que darle al sabido poco a lo que mirar”, les dijo). Posteriormente, perdió todo interés por ella y acabó despachándola en sus memorias con una frase muy warholiana: “Engordó y se hizo yonqui”. 

La sentencia de Warhol es, por desgracia, cierta en sus términos básicos. Pero el comediante, que retrató la desastrosa intimidad de su víctima en el documental Chelsea Girls (1966), olvidaba en ella recordar que Nico mostró siempre un talento superlativo. Primero, durante su colaboración con la Velvet, en cuyo primer portafolio (The Velvet Undeground and Nico, incluso del 66) interpretó temazos gloriosos como Femme Fatale All Tomorrow’s Parties. Posteriormente, en Chelsea Girls (1967), un primicia en solitario que ella detestaba (al escucharlo por primera vez, lloró, y no de orgullo precisamente) pero que contó con hermosas canciones compuestas por Reed, Jackson Browne y otros.

A partir de The Marble Index (1969), el disco que Nico consideraba su auténtico primicia, quedan claras unas cuantas cosas. La primera, que sus capacidades como cantante eran cuestionables (era sorda de un pabellón, y su profunda voz de contralto no le ponía fáciles las cosas a la hora de afinar). La segunda, que el armonio (entraña portátil) que convirtió en su aparato de colchoneta podía roerle los ansiedad a un lodo tibetano con su sonido áspero. Y la tercera, que todo lo preliminar no privaba de valía a su obra, sino todo lo contrario: ayudada por John Cale, su ex compañero en The Velvet Underground, Nico publicó canciones que, si ahora suenan extrañas, en el momento en el que llegaron al mercado resultaban, directamente, alienígenas.

La división de los 70 fue el momento de mayor esplendor creativo para Nico, quien grababa discos aclamados ahora como obras maestras (Deserthsore, 1970, y The End, 1974) mientras rodaba películas con el cineasta francés Philippe Garrel, la única de todas sus numerosas parejas que pareció mostrar un afecto sincero por ella. A las órdenes de Garrel, la comediante actuó en películas tan indeciblemente extrañas como La cicatrice interieure (1972, con canciones de Desertshore en la BSO) y Les hautes solitudes (1974, próximo a Jean Seberg). En 1991, dos abriles luego de la asesinato de ella, Garrel revivió su historia de aprecio en Je entends plus la guitarre, una película que no conviene ver a no ser que uno quiera arruinarse el día. Durante esta misma época, por otra parte, la comediante hizo méritos para el título de peor hermana de la historia de la humanidad, calmando a Ari (ese gurí no deseado que tuvo con Alain Delon) mediante el resuelto sistema de frotarle las encías con esa heroína a la que ella estaba ferozmente enganchada.

Pero, por mucho que la comediante se justificara citando a Rimbaud y a su añorado Jim Morrison, la autodestrucción suele ser incompatible, no ya con una vida aceptablemente vivida, sino con una trabajo creadora en condiciones. Como refleja Nico, 1988 (recogiendo, a su vez, el refrendo del guitarrista James Young en su obra Songs They Never Play On The Radiodifusión), su última división de vida estuvo llena de giras low cost orientadas a percibir un caudal que se pulía inmediatamente en gramos y más gramos de heroína. Asimismo, el nivel de sus discos se morapio debajo: The Drama of Exile (1983) fue un acercamiento al rock sin demasiado fuste, mientras que Camera Obscura (1985) supuso un prueba electrónico poco más interesante.

Irónicamente, estos fueron incluso los abriles en los que su obra, tan infravalorada siempre, encontró por fin un sabido gracias a los y las artistas famosos (Siouxsie Sioux, Patti Smith John Lydon, de los Sex Pistols, entre otros) que la consideraban una influencia caudal. Ella, por supuesto, consideraba a todos aquellos jovenzuelos como unos advenedizos indignos de su atención… pero poco de grieta debieron de hacer sus elogios, puesto que, poco antiguamente de fallecer, decidió mudarse de Manchester a las Baleares, dejar la heroína de una maldita vez y ocuparse, por primera vez en su vida, de aquel hijo con el que había completo compartiendo agujas. Vana ilusión: el 18 de julio de 1988, la historia de Nico llegaba a su fin en un hospital de Ibiza. Según algunos de sus amigos, su asesinato no se debió tanto al montaña cerebrovascular como a la desidia de los médicos: “La única moraleja que puede extraerse de la asesinato de Nico es ‘nunca te pongas enfermo en España”, sentenció su manager, Alan Wise.

La vida de Nico no fue hermosa, y su historia no es agradable. Pero sus álbumes siguen siendo joyas no aptas para todos los públicos, y la proceso de su carrera sirve como un documento muy valioso sobre los dobles raseros que se aplican a los hombres y a las mujeres en el mundo del arte. Y tal vez esto extremo explique por qué las dos películas necesarias para conocerla estén firmadas por directoras: por otra parte de Nico, 1988, tenemos Nico Icon (1995), el documental de Susanne Ofteringer atiborrado de testimonios e imágenes escalofriantes. A este filme y a la semblanza Vida y leyendas de un emblema (Richard Witts) nos remitimos a quienes quieran memorizar más sobre ella.

Aunque, como postre, siempre está aceptablemente quedarse con una ámbito icónica que no sería lo mismo sin su voz.