Por qué Batman y Robin es mejor de lo que recuerdas

Batman y Robin
Batman y Robin

¿De veras debe disculparse Joel Schumacher por Batman y Robin? Y, ¿de verdad debe hacerlo, no una, sino más bien varias veces? Ahora que el filme, estrenado en 1997, cumple veinte años, el director ha solicitado la misericordia de “todos los fanes que se sintieron decepcionados”. Aunque dudamos de que eso le libre de proseguir llevándose pedradas a costa de una cinta a la que se responsabiliza (con razón, la verdad) de haber liquidado la saga de Bruce Wayne en el cine hasta el momento en que Christopher Nolan acudió a rescatarla.

Así pues, aquí sólo podemos entonar un sentido “¿Por qué razón tanto odio?”. Vale que Batman y Robin es una película con arduos problemas, pero también está poseída de un espíritu lúdico que, con el tiempo, se ha ido volviendo de lo más inusual en el subgénero de aventureros disfrazados. Y, además, presenta virtudes que deberían convertirla en un clásico de sesión loba con palomitas, cosplay y chillidos a la pantalla, cual si de The Rocky Horror Picture Espectáculo se tratase. Si no te lo crees, échale un vistazo a nuestras razones para reivindicarla.

Está claro: Batman y Robin es el filme que más a choteo se toma el planeta del Caballero Obscuro desde los buenos viejos tiempos de Adam West Burt Ward. ¿De veras es eso un inconveniente? Nosotros creemos que no. Si bien las raíces de ‘Bats’ están en el pulp tenebroso y en el género policiaco, su saga asimismo es la historia de un millonario majara que se viste raro para rondar por la ciudad de noche. Y en sus tebeos tradicionales no sólo hay excelentes instantes de mal rollo como El pez sonriente La broma asesina, sino también desparrames verbeneros con la firma de grandes autores, como Carmine Infantino. Ante secundarios como Bat-mito y villanos como el Hombre Calendario, detalles como la Bat-tarjeta de crédito (“¡No salgas de la Batcueva sin ella!”) semejan tan serios como el final de El caballero oscuro.

Si bien George Clooney reconoce que Batman y Robin no le agrada un pelo (y que, en ella, actúa peor que mal) sí deja claro que se lo pasó magníficamente durante el rodaje. Y, la verdad, asimismo se aprecia que le está agradecido a una cinta que, aunque de aquella manera, contribuyó a que dejase de ser “el médico buenorro de la serie Urgencias” y pasara de forma más patente a la conciencia colectiva.

De la misma forma, Arnold Schwarzenegger le da a su Míster Frío una dignidad sorprendente (no faltan quienes afirman, quizá con razón, que es lo mejor de la película) pese a contar en sus diálogos con ciertos juegos con las palabras más chorras de la historia del cine. Y Uma Thurman sobreactúa a gusto como Hiedra Venenosa, entregando una buena muestra de lo que los anglosajones llaman “high camp” y nosotros podríamos traducir como “petardeo fino”. El único que no se libra en nuestra criba es ese Chris O’Donnell tan estólido, pero podemos encontrar un valor que lo compensa…

Será que por acá somos todos fanes de Clueless, y, por tanto, de Alicia Silverstone. O va a ser, asimismo, que las posibilidades de ver a una superheroína en el cine eran aún menores en mil novecientos noventa y siete que ahora. Vamos, que eran nulas. Así, ver a la chica que fue Cher interpretando a Barbara Wilson  (que no “Barbara Gordon”, ¡ay!) y repartiendo estopa sigue resultando un subidón todavía el día de hoy.

¿Que la interpretación de Silverstone tiene aspectos cuestionables? Puesto que sí, pero no estamos hablando de la mejor actriz del cosmos, ni de un papel carne de Oscar… Cuando Joss Whedon estrene su versión rebooteada de la chica murciélago, entonces vamos a ver de qué forma puede mejorarse al personaje.

Viajemos en el tiempo hasta mil novecientos cincuenta y cuatro. Es en ese año cuando el psiquiatra Frederic Wertham publica La seducción de los inocentes, seguramente el libro que más daño le ha hecho al cómic. Basándose en estudios sesgados y datos poco fiables, Wertham lanzaba acusaciones horrendas contra el género de superhéroes: sin ir más allá, afirmaba que leer a Wonder Woman convertiría a las chicas en lesbianas… y que las aventuras de ‘Bats’ y de su ‘Chico Maravilla’ eran un pasaporte seguro a la homosexualidad para los chavales.

No sabemos si Schumacher tuvo esto en cuenta mientras preparaba Batman y Robin, pero aportemos 2 datos: a) el directivo es gay, y está fuera del guardarropa desde los 80; b) en sus instantes más kitsch, la película semeja aceptar ese viejo recurso de la cultura LGTB, consistente en acoger los estereotipos, multiplicarlos por mil y lanzarlos a la cara del espectador. Está claro que esto no justifica lo de los pezones en la coraza, pero haznos caso: si, en vez de como una película de superhéroes al uso, ves Batman y Robin como un espectáculo de drag queens con temática de cómic, la cosa mejora mucho.

Seguramente, lo más chungo de Batman y Robin es de qué forma enterró la carrera de un director muy competente y con buenas ideas… como consecuencia de decisiones que, en buena parte, ni siquiera fueron suyas. Ya antes de esta película (y, en fin, asimismo de Batman Forever), el cineasta había aspirado a premios importantes en Cannes y Berlín con la estupenda Un día de furia. Después… puesto que suerte tiene si le dejan dirigir un thriller de serie B. En cambio, otros responsables del filme, como el productor Akiva Goldsman, siguen en lo más alto de Hollywood.

Y, como decimos, una gran parte de los patinazos con los que se asocia a Batman y Robin no fueron cosa del director. ¿El tono de plastiquillo y colorinche? Determinado por unos productores que querían acrecentar las ventas de juguetes. ¿Esa intervención de Bane que no hay por donde cogerla? Un intento de promocionar al personaje, que había debutado en cómic cuatro años ya antes, y al que se quería transformar en el enemigo terminante de Batman, por encima de Joker y otros villanos clásicos.

Hacednos caso: algún día, cuando el cine de superhéroes ya no sea tendencia, alguien se va a fijar en Batman y Robin… y la reivindicará como el tradicional de la comedia absurda (¿y también involuntaria?) que en realidad es.