Por qué razón ‘La urbe de las estrellas – La La Land’ no debería ganar el Oscar

Chico conoce muchacha, se ponen a danzar en medio de la calle y de repente conquistan a todos, Oscar de Hollywood incluidos. Es probable que la historia de Damien Chazelle concluya de este modo en la madrugada del próximo veintiseis de febrero, pero desde estas líneas –y como ya hemos hecho previamente con La llegada, Comanchería, Hasta el último hombre, Moonlight, Manchester frente al mar, Figuras ocultas, Lion Fences– toca ir a la contra para examinar lo que hay tras la cautivadora y danzarina historia de amor entre Sebastian (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone), cuya crítica de estreno puedes leer acá. Pues más allá de su cromática y embelesadora superficie hay una serie de cuestiones que nos hacen dudar de que estamos frente a la mejor película del año.

¿Pastiche, homenaje o falta de ideas? Se ha hablado con profusión de las muchas referencias y citas que conviven en La La Land –de Vincente Minelli a Jacques Demy, sobre todo, tal y como se puede revisar en el vídeo que encabeza estas líneas–, pero no demasiado del hecho de que ese recurso del corta y queja termina quitando originalidad a la cinta. Una mejor película del año debería, en teoría, ofrecer un planeta nuevo o una visión del presente desde la cual el espectador toma posiciones para aprender el sentido de lo contemporáneo, pero en La La Land nos sumergimos de lleno en el tecnicolor de la añoranza, y quizá en su vertiente más dañina. Chazelle ha creado un planeta efectivamente bonito, mas que no deja de ser como un muSeo de esculturas de cera (bailarinas). Otro ejemplo más de la compacta retromanía que no nos deja ver el paso del futuro en el cine.

 

No vamos a discutir los motivos por los que el personaje de Ryan Gosling y el de Emma Stone se enamoran completamente (son guapos, con carisma y ambiciosos), mas sí deberíamos poner los puntos sobre las íes acerca de de qué forma está narrado en La La Land el distanciamiento de la pareja. A esta altura, muchos de nosotros conocemos y hemos sufrido el temible tedio conyugal, con lo que la forma en que se enseña de qué forma la decepción se apodera de Mia y Sebastian no tiene la suficiente entereza dramática para persuadirnos. ¿De verdad dejas de sentir lo mismo por tu pareja pues ha decidido empezar a ganarse la vida dejando de lado la bohemia jazzística y profesionalizarse un poco en el mundo de la música?

Chazelle, además, nos advierte prácticamente desde el comienzo de la película que él y ella no están hechos tan el uno para el otro como pretende hacernos pensar a lo largo del relato. Los planos que comparten los personajes están llenos de sonrisas (sobre todo en el tramo del flirteo), mas el director graba a cada uno de ellos de ellos casi siempre de manera separada, contándonos paralelamente su historia. Y ya sólo con eso sabemos que al final del recorrido no hay perdices que saborear.

 

La La Land, así pues, no es tanto una película romántica sobre un chaval y una chavala y sus pasos de claqué, sino más bien de qué manera 2 personajes se ven a sí mismos luchando por cumplir sus sueños arribistas de triunfar en el mundo del espectáculo. Lo de que se enamoren es casi un pretexto para resaltar la serie de sacrificios que se tiene que realizar si uno desea cumplir sus metas profesionales. De esta manera, el otro, las otras personas, el resto, son un obstáculo para ser una estrella. Incluyendo la pareja.

Hay otro aspecto que no deberíamos pasar por alto en este análisis del escandaloso individualismo que palpita en La La Land: hablamos, en efecto, de la idea de que tanto uno como el otro son singulares y, por consiguiente, merecen triunfar. Pese a todo. La La Land se convierte, de este modo, en una especie de celebración de los singulares, los ganadores, de aquellos capaces de dejar en la cuneta a quienes en algún instante prestaron su hombro como apoyo.

 

Hemos apuntado que La La Land funciona en términos estéticos como una ola de añoranza, pero ¿en qué parámetros políticos se mueve la añoranza? No me atrevería a acusar a la película de Chazelle de retrógrada, pero poca duda hay de que hacia el futuro no mira. Tampoco semeja observar su presente, como muchos críticos del campo anglosajón se han apurado a aseverar. Cuestiones de género (mansplaining), etnia (¿un hombre blanco erigiéndose como salvador del jazz?) y de clase (al principio de la película Sebastian y Mia malviven, pero terminan transformados en triunfadores) son algunos de los puntos negros que hallamos en el relato si echamos una mirada tras la pátina de varios colores. Es cierto: en las películas de los 50 y de los 60 daba la sensación de que la vida era mejor, pero en perjuicio de la vida de otros muchos.

 

La La Land está llamada a ser el musical del siglo XXI (del arranque del siglo cuando menos) y su partitura, sin embargo, es tirando a pobre. Excepto City of Stars, de Justin Hurwitz (la letra es de Benj Pasek y Justin Paul), que funciona como motivo sonoro del film, no hay considerablemente más canciones por las que merece ser recordada y premiada. Y si un musical no tiene el enganche auditivo, afirma mucho de lo que en realidad es y en lo que terminará convertido una vez pase el hype del instante. Mismos inconvenientes aparecen tratándose de examinar las coreografías de la película: carencia de ideas, secuencias calcadas de aquellos grabes en los que se mira (el número introductorio es 100 por cien Jacques Demy, o bien como recuerda el compañero Joan Pons, Valerio Lazarov ya lo había puesto en práctica en muchísimas de sus peripecias televisivas) y poco peligro atlético de sus protagonistas. ¿Dónde quedaron los actores todoterreno?