[Repaso Marvel] ‘Doctor Strange’: Marvel repite fórmula, pero sale magia

El repaso Marvel de CINEMANÍA se pone la capa. Cuando Marvel Studios planteó la Fase 3 de su MCU, más dilatada y ambiciosa que las dos anteriores, tuvo claro que ya le tocaba pensar en el futuro. Por supuesto, habría secuelas de sus propiedades más exitosas, pero también había que ampliar el catálogo de personajes para dar continuidad al universo más allá de Iron Man, Capitán América y compañía.

Dejando a un lado la inesperada recuperación de Spider-Man y la significativa incorporación de Black Panther, la idea era llevar el mundo marvelita hacia terrenos sorprendentes y extraños para el público masivo de los multisalas; si Guardianes de la galaxia había funcionado tan bien, el MCU estaba listo para adentrarse en dimensiones cósmicas con Stephen Strange y Carol Danvers. El hechicero supremo abrió el camino.

Acaben siendo mejor o peor las películas, un innegable punto fuerte del Universo Marvel de cine es su buen ojo para el casting buscando intérpretes para sus héroes principales. La gran mayoría de los actores que se han incorporado a esta gran familia han quedado fijados a sus personajes de manera indeleble, contagiándose y mimetizándose tanto con ellos que resulta muy difícil imaginar las versiones cinematográficas de estos héroes de cómic con otros intérpretes; Robert Downey Jr. es Tony Stark, Chris Evans es Steve Rogers, Chris Hemsworth es Thor, etc. No puedes pensar en nadie más. Con Benedict Cumberbatch como Stephen Strange asistimos a otro feliz acierto de casting.

Ahora parece tan evidente que Cumberbatch es Strange y Strange es Cumberbatch que se corre el riesgo de minusvalorar la importancia capital del departamento de Sarah Finn dentro de Marvel Studios. Cumberbatch, ya acostumbrado a ametrallar brillantez con prepotencia repelente en Sherlock, consiguió que el Doctor Strange del cine tuviera su propia personalidad y presencia al margen de las viñetas. Solo de pensar que Jared Leto o Patrick Dempsey se hubieran hecho con el papel nos pone camino de la UCI.

 

Animados por lo rentable que había salido la jugada con gente como los hermanos Russo o James Gunn, en la Fase 3 la Casa de las Ideas puso a pleno funcionamiento su estrategia de fichar a directores prometedores aunque poco experimentados en el terreno de los blockbusters. Scott Derrickson, que ya había tenido un susto en ese campo con el remake de Ultimátum a la Tierra pero tanto él como el resto de la humanidad hemos preferido olvidarlo, acudía con credenciales de director de terror (El exorcismo de Emily Rose, Sinister) con buen gusto para mover la cámara. No parecía una elección muy obvia que digamos para las aventuras psicodélicas del Hechicero Supremo, pero la implicación que tuvo junto a su colaborador habitual C. Robert Cargill sobre el primer guion de Jon Spaihts demostró que podía aportar un grado de implicación significativo al proyecto.

Si la historia de origen del héroe ya estaba más o menos perfilada y blindada siguiendo el mismo patrón que en otras presentaciones de personajes Marvel (luego volveremos sobre esto), a Derrickson le quedaba tiempo para volcarse en el aspecto visual, la sensibilidad de la relación entre los personajes y el planteamiento de secuencias espectaculares que debían entrar por los ojos; y si también les daban la vuelta en las cuencas, mejor que mejor. La secuencia del viaje astral del doctor es el evidente money shot de la película, pero no podemos dejar de llamar la atención sobre cómo bebe Doctor Strange de algunos recursos de Christopher Nolan para reformularlos de manera hiperbólica y vistosa, aligerándolos de la pesadez característica del británico para quedarse solamente con la pulpa más jugosa. Si Origen doblaba el trazado urbano de París sobre sí mismo, aquí la Dimensión Espejo lleva esa idea hasta cotas conceptuales chisporroteantes donde la importancia de unas supuestas reglas de funcionamiento importan mucho menos que todo lo que puede molar ver edificios replegándose sobre sí mismos. Lo mismo sucede con las habituales preocupaciones de Nolan con el tiempo real y cinematográfico; la secuencia de acción marcha atrás en Hong Kong hace una gran labor en dar variedad a los repetitivos clímax del Universo Marvel.

 

Se le puede echar en cara a Derrickson que no terminara de abrazar el despendole psicotrópico y cero miedo al ridículo conceptual que hizo de los cómics de Steve Ditko un referente tan popular entre la controcultura psicodélica de los años 60 y 70. En cambio, la aportación de Doctor Strange consiste en plantear visualmente cierto andamiaje de razonamiento teórico a la multiplicidad de dimensiones y todo el partido que se le puede sacar. No estamos ante una magia con hechizos de fantasía, sino a la utilización de ciertas herramientas para manipular los engranajes del universo. La plasmación visual, con esos mandalas chisporroteantes, es uno de los grandes aciertos de la película, aunque no podamos evitar que recuerde al recurso similar que empleó Duncan Jones con los conjuros de los brujos en su reivindicable adaptación de Warcraft.

 

Quizás el mayor truco de magia de Doctor Strange sea su ficha de IMDb. En ella aparecen, acompañando a Benedict Cumberbatch, nada menos que Rachel McAdams, Chiwetel Ejiofor, Mads Mikkelsen, Tilda Swinton, Michael Stuhlbarg… ¿Eso es el reparto de una película o la enumeración de los actores favoritos de cualquier ser humano? Entonces, si toda esa gente sale en la película, ¿cómo es posible que no dejen ni un ápice de recuerdo memorable de su presencia?

Habrá que achacárselo a un argumento que termina pecando de simplón, al desaprovechamiento criminal de Rachel McAdams –bautizado en la redacción de CINEMANÍA como “efecto Michelle Williams”–, a que Tilda Swinton dio más de qué hablar antes del estreno del filme por el cambio de sexo y blanqueamiento de su Anciano, a que Mads Mikkelsen se libró de ser Malekith en Thor: El mundo oscuro pero no escapa de la maldición de los villanos Marvel sin fuste como Kaecilius –aunque atrévete a poner la más mínima pega a su caracterización y te rajo–, a que a alguien le pareció buena idea desaprovechar a Michael Stuhlbarg en el Universo Marvel con un personaje de tres apariciones y dos líneas de diálogo… Hay muchas posibilidades. Y quizás podríamos perdonarlo todo… menos contar con Scott Adkins y no dejarle repartir estopa como Isaac Florentine manda.

 

Por mucho deslumbre visual y prometedora amplitud de miras conceptual que aportó Doctor Strange –incluyendo ese final anticlimático de negociación con Dormammu por el que tenemos especial debilidad–, al final del día con la impresión que se quedaron muchos espectadores era que les habían vuelto a contar Iron Man con otros superpoderes y alguna pizquita de Batman Begins en el entrenamiento, pero, esencialmente, el mismo protagonista prepotente, su traumática toma de conciencia, aprendizaje en el manejo de sus habilidades, etc. Es la maldición de las historias de origen de superhéroes, de las que el género todavía intenta desembarazarse, pero con inexplicable temor al in medias res. La buena noticia es que, una vez establecido todo esto, la secuela de Doctor Strange tiene vía libre para volverse más loca e ir directamente al tuétano.

 

– “Hay otras cosas que pueden dar sentido a tu vida”.

– “¿El qué? ¿Tú?”.

Un reproche mucho más doloroso, oscuro y dañino que el Universo DC en bloque.