[San Sebastián 2018] El amor es el mayor telón de acero en ‘Cold War’

“¡Oh, Jeanne, qué extraño camino me ha llevado hasta ti!” era la notable frase final de Pickpocket. Igualmente la que podría concluir la accidentada historia de inclinación de los protagonistas de Cold War, o incluso el rumbo de la obra de su director Pawel Pawlikowski. 

El caso del cineasta polaco resulta fascinante. Comenzó en el dominio del documental idílico pero no tardó en pasarse a la ficción interiormente de la industria británica. En Reino Unido dirigió un puñado de películas de producción y talento medianos, temática social y cada vez menos interés –aunque allí trabajó con algunos grandes intérpretes al principio de sus carreras: Paddy Considine en Last Resort (2000) o Emily Blunt en My Summer of Love (2004)–, pero ha sido en esta período, de regreso a su Polonia procedente, cuando ha opuesto la voz propia que, de modo sorprendente, ha gestado durante tanto tiempo. Y resulta que es una de las más rigurosas y perfiladas del cine europeo flagrante. Lo demostró con la dreyer-bressoniana Ida (2013) y lo ha confirmado con Cold War, una obra maestra deslumbrante donde Joanna Kulig Tomasz Kot reinterpretan la que fuera la historia de inclinación de los padres de Pawlikowski.

Con hermosa fotografía en blanco y indignado de Lukasz Zal en formato cuadrado, Cold War remite con aerofagia clásico al romanticismo fatalista en tiempos de conflicto agresivo de Casablanca, cambiando la II Supresión Mundial por la de su propio título; concretamente, la posguerra durante las décadas de los 50 y 60 en Polonia primero, el resto de Europa luego (Berlín, París, Yugoslavia…). Los amantes desgarrados por las circunstancias políticas y la geodesía continental son un compositor e investigador musical (Kot) y una cantante (Kulig), a quienes vemos conocerse, separarse, liarse, traicionarse y, finalmente, enamorarse, a través de los abriles y secuencias breves, de emoción contenida pero flamígera, distanciadas por supresión rotundas que hacen avanzar el tiempo sin piedad.

Es posible entender la película de Pawlikowski como una suerte de musical gracias a las actuaciones que van puntuando cada viñeta argumental. Primero como parte de la investigación de etnografía musical y tradición vocal que propicia el aproximación de los protagonistas, luego con las actuaciones de su conjunto de música popular, la proceso de ella como cantante de jazz y los distintos caminos que toman sus vidas.

Todo ello contenido en una ajustadísima duración de menos de 90 minutos en la que cada hilera de diálogo, miradas desde el futuro fondo de planos con gran profundidad de campo, aspecto reprimido o interacción con otros personajes –hay un cameo muy divertido de Jeanne Balibar– dan forma desde fuera al vínculo entre entreambos personajes: invisible desde el foráneo, áspero en la superficie y doloroso por interiormente, como el telón de hoja. Hasta en esa posesiones novelística y facilidad para decirlo todo sin privación de vociferar ausencia se pone Cold War a la cima del cine de los grandes clásicos.