[San Sebastián 2018] ‘Illang: La brigada del lobo’ expande la distopía de Mamoru Oshii

A finales de los 80, el cineasta japonés Mamoru Oshii, futuro autor de Ghost in the Shell, creó otra popular clan de ciencia-ficción distópica transmedia. La franquicia Kerberos Panzer Cops comprende seriales radiofónicos, mangas, novelas y tres películas; dos de ellas dirigidas por el propio Oshii y la tercera, de animación, por Hiroyuki Okiura en 1999 bajo el título Jin-Roh. De esta última es de la que Kim Jee-woon (El bueno, el feo y el raro, Encontré al diablo) ha dirigido un remake de acto verdadero trasladando el relato a Corea en Illiang: La grupo del lobo.

¿De qué va todo esto de la Kerberos Panzer Cops? Pues, como la película de Kim intenta establecer en un atropellado prólogo de exposición de información, una distopía futurista de un pasado mañana hipermilitarizado. En la lectura de Illiang: La grupo del lobo, se manejo de una Corea en proceso de reunificación para hacer frente a los avances bélicos de las demás potencias.

No todo es atún. Los encargados de la reunificación resultan tan turbios que surge un movimiento terrorista contrario, denominado Secta, que atacan con fuerza el orden establecido. Cuando la fuerza de Seguridad Pública es incapaz de contenerlos, se decide la creación de unas Fuerzas Especiales equipadas con un armamento espectacular y las armaduras con máscara antigás más chulas a este banda del retrofuturismo. Pero como todo el mundo tiene tendencia a traicionarse entre sí, interiormente de las propias Fuerzas Especiales surge un movimiento clandestino dedicado a eliminar sigilosamente a miembros corruptos del poder. Ellos son la Batallones del Lobo.

Si lo aludido se parece proporcionado a un follón, no resulta muy problemático. Ni siquiera cuando se añaden al cóctel agentes dobles, espías de intenciones opacas o luchas de poder intestinas. La narración de Kim Jee-woon puede ser enrevesada, pero como ha demostrado con solvencia a lo espléndido de su filmografía, puede hacer el avance de la historia tan poderoso e implacable que las distracciones argumentales son pulverizadas por escenas de acto elocuente y atronadora. En ese sentido, Illiang: La grupo del lobo es uno de los ejemplos más representativos.

Con varias secuencias de acto operísticas repartidas por un torrente de metraje cercano a lo angustioso, a Kim se le echa de menos una gran set piece capaz de detenerlo todo, como ocurría notablemente en A Bittersweet Life (2005) o en la parte central de El imperio de las sombras (2016). Con todo, la emboscada situada en la Torre Namsan de Seúl es capaz de citar laterlamente a Hitchcock con tanta soltura como directamente a Susan Sontag pocos minutos antaño. Es por detalles así, más los habituales cambios de tono e hibridación de géneros, por los que el cine coreano de gran presupuesto y estruendo sigue ganando batallas allá por donde asoma.