Silencio 2016 La última tentación de Cristóvao Ferreira

Silencio 2016 La última tentación de Cristóvao Ferreira: Para ir de Lisboa a Nagasaki, hay que pasar ya antes por Goa y Macao. Para esto, se requieren meses de navegación penosa, combatiendo contra las fuerzas de la naturaleza y todo género de enfermedades, recorriendo la costa africana occidental y una buena parte de las inflexibles aguas del Océano Índico y Pacífico. El Canal de Suez, en la temporada en la que transcurre la acción, no llega ni a ensoñación desatinada del ingeniero más desquiciado, y las noticias tardan aún meses (en ocasiones años) en cruzar los charcos. Y de esta manera, de un año para otro, el padre Ferreira, idolatrado seminarista portugués y heroico misionero en tierras niponas, deja de informar sobre sus sacrificios evangelizadores en tierras paganas. Desde ahí, el más angustioso de los silencios. Nada. Solo espacio y tiempo a fin de que los cotilleos (ciertos más aviesos que otros) comiencen a oscurecer el recuerdo de la virtud. Se afirma, se comenta, se teme… que el pastor ha apostatado. Ante semejantes calumnias, Sebastiao Rodrigues y Francisco Garpe, 2 de los pupilos más aventajados de Ferreira, deciden embarcarse en el viaje de sus vidas para probar que todas y cada una de las injurias volcadas sobre su profesor no son más que esto, una dolorosa patraña.

 

Pelicula Silencio 2016 Martin Scorsese

Silencio 2016 La última tentación de Cristóvao Ferreira

De Lisboa a Goa va un puñado de meses de puro sufrimiento. De Goa a Macao, otro vía crucis. De Macao a Nagasaki, más tormento… Y una vez en tierras japonesas, espera la peor de las torturas: la que ataca de manera directa al ánima. Para llegar de un extremo al otro del planeta, más que requerirse medios, se precisa mucha fe. Fe en que la palabra del Señor va a ser bien recibida en territorio ignoto, fe en que ninguno de los innumerables obstáculos que se marchan a localizar a lo largo del camino van a resultar insuperables… Fe en que el padre Ferreira no haya renunciado a la suya. El proceso de Martin Scorsese para amoldar al cine ‘Silencio’, novela pilar en el legado artístico del escritor japonés Shusaku Endo, asimismo cabría definirlo como un genuino salto de fe. De Lisboa a Nagasaki va una infinidad de millas náuticas, y de las páginas a la pantalla grande, van años… aun décadas. Tiempo a lo largo del como el director se esfuerza a fin de que el proyecto no muera, batallando continuamente a fin de que el olvido, el destino al que no pocos le condenan, acabe marcando el punto y final de la travesía.

Hasta el momento en que llega el año dos mil dieciseis (uno más, en el planeta no-tan civilizado), y justo cuando acaba la época de festivales, la promesa se transforma en realidad. Esta se materializa, dígase ya, en una traducción perfecta. Es tal el respeto que Scorsese muestra cara el material ofrecido por Shusaku Endo, que la novela hasta podría adquirir el carácter de “sagrada escritura”. No se trata solo de hacer una traducción, por de esta manera llamarla, textual (si bien asimismo, al verse casi la totalidad de diálogos, medites y descripciones propuestas por el escritor, de forma directa reflejada en la película que ahora nos ocupa), sino más bien asimismo, y sobre todo, espiritual. De nuevo, toca charlar de fe… y de entendimiento de los medios. De sus caprichos, necesidades y posibilidades. Y es que con los grandes alegatos (y este, indudablemente lo es), para poder recitar, ya antes se debe haber entendido la lección. Si con ‘El lobo de Wall Street’ Scorsese se rencontró con su mejor versión para llenar de este modo la que se ha clasificado como la trilogía del American Gangster (compuesta asimismo por ‘Uno de los nuestros’ y ‘Casino’, no en balde, 2 de sus trabajos más conseguidos), ahora con ‘Silencio’ hace lo propio con el conocido como tríptico sobre la espiritualidad.

Primero fue ‘La última tentación de Cristo’, después ‘Kundun’ y ahora otro refulgente ejercicio de mezcla (más bien de violento choque) entre la esfera íntima y la colectiva. 2 realidades y 2 niveles narrativos (el de la crónica histórica y el de la reflexión espiritual) que avanzan en paralelo y que conviven como reflejo recíproco, compartiendo la naturaleza de exactamente la misma sofocación, la que brota del alarmante silencio del guía (en un caso así, Ferreira / Dios) frente a una situación para la que este no semeja habernos preparado. En tal escenario, el sujeto se ve forzado a lidiar con un más que entendible complejo de abandono, que no hace más que agrandar su drama interior… hasta transformar su sufrimiento en una carga que pasa de personal y también intransferible, a irremisiblemente compartida. No solo con las personas a su alrededor, sino más bien asimismo, claro está, con el propio espectador. Y recordamos nuevamente, por obra y gracia de Martin Scorsese, ese profesor siempre y en todo momento junto a nosotros, que la buena adaptación no se restringe a copiar, sino más bien a respetar las virtudes de la(s) referencia(s) con la(s) que trabaja.

En este sentido, Shusaku Endo proponía en su libro un crescendo trágico que avanzaba inexorablemente, y de forma poco a poco más apresadora, cara un clímax final desolador frente al que era prácticamente imposible sostenerse impermeable. En esa asolagación, el prosista (criado en el catolicismo, de la misma manera que el realizador que ahora le honra) lograba que la crisis de fe del protagonista en la ficción tuviese su réplica en una cuestión considerablemente más global, jamás mejor dicho. De esta manera, la aventura de Sebastiao Rodrigues se transformaba en la disculpa idónea para que Endo cuestionara el carácter universal del mensaje cristiano, una actitud que, en un presente marcado, entre cosas, por el avance irrefrenable del movimiento globalizador, da un renovado interés a la obra en cuestión. Scorsese hace lo propio en una película que, hablando de reciprocidad, se favorece de la delicia en la escenificación (solo empañada levemente por alguna resolución estética algo desconcertante) y la dirección de actores (Andrew Garfield, por servirnos de un ejemplo, cumple con solvencia la genuina primera prueba definitiva a la que se ha debido someter) y la nitidez en la narración de quien mueve ahora los hilos, a fin de que su mensaje llegue ahora al receptor con igual -o bien aun más- fuerza.

Silencio‘ hace de la aritmética (se respeta a rajatabla la proporción cien páginas; 1 hora de metraje) una alternativa que lejos de antojarse impostada, se descubre como la más natural, y por lo tanto, deseable. En contraste a Masahiro Shinoda (quien ya adaptara exactamente el mismo texto allí por el año mil novecientos setenta y uno, en una película de idéntico título), Scorsese, consumado misionero, evita la tentación “carnal” de desviarse del camino propuesto por Endo (si bien siendo justos, pocos eran los pasajes en que Shinoda se atrevía a hacerlo), centrándose de esta manera en lo que realmente importa: propagar la palabra, o bien para ser precisos, unas inquietudes meridianamente compartidas. Sin temor a emplear recursos mal considerados trillados (véase la voz en off) o bien a prescindir de aquellos en los que se han cimentado una buena parte de los éxitos del pasado. En lo que se refiere a este último aspecto, la irrupción prácticamente nula de la banda sonora en la narración es uno de los múltiples síntomas que patentizan lo bien interiorizada que está la materia prima. El silencio, originalmente génesis del entristezco, transformado acá en un alivio que deja que el texto respire. De la literatura al cine va mucho menos que de Lisboa a Nagasaki. Sin intromisión que valga. La religión (sea como sea) es posible que no, mas desde entonces hay algunos relatos que sí son universales. Silencio, el profesor habla.

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