[SITGES 2018] ‘Apostle’: un cóctel Irregular, excesivo e imprescindible

Si hablamos de cine y religión, el primer prescripción que se me viene a la inicio dice así: “no aburrirás”. Gareth Evans, propagador e incluso profeta de esa filosofía acertadamente sabe de la existencia de ese leitmotiv. El director de la excelsa The Raid y su continuación (aún más larga, bestia y redonda) consigue con Apostle no sólo facturar una de esas producciones de terror inglés que tanto se prodigaban durante la segunda etapa de la Hammer, sino cambiar de registro sin que eso afecte a su habitual desvío con destino a el exceso. Con obras como El hombre de mimbre como referente (da igual qué traducción, elige la que más te guste) y una narración sorprendentemente medida, en la que todo avanza a fuego cachazudo hasta un tercer acto salvaje, Evans demuestra que es capaz de mucho más que filmar bono.

La premisa es simple: un hombre, tras descubrir que una secta ha raptado a su hermana, decide introducirse en la isla donde residen, camuflado, para así dar con ella y escapar. Por supuesto, la cosa se complica: adoran a una diosa mística y sus habitantes no son precisamente bondadosos, por más que a simple paisaje lo parezcan. Comienza así un entretenimiento de engaños, con alguna subtrama que se presupone superflua hasta que deciden encajarla en la narración para testimoniar el momento de shock. Y menudo momento, huelga sostener.

En unos tiempos en los que el logo de Netflix se silba como protesta durante los grandes festivales de cine (la estupidez podría quedarse de puertas para fuera, pero ese es otro tema), Apostle viene a confirmar que la existencia de un canon, por así llamarlo, una serie de reglas con las que las producciones de la compañía tienen que contar para encajar en la carrera de programación, no son en objetivo más que un mito venido a más: aquí tenemos violencia, escenas comprometidas, una realización que va mucho más allá del destacado estilo televisivo del cuerpo de “Netflix presenta…” y a un director en plena capacidad y dominio del idioma cinematográfico. Tenemos una película que debería haberse estrenado en el cine, con una major que garantizase su visionado en el decano número posible de salas. No será así: Netflix la ha pagado y producido, así que es por ellos existe. Así que: gracias. Netflix.

Quién sabe qué sería de Evans ahora que ha rechazado retornar a The Raid tras su brillante segunda parte, pero esta invención oscura sobre religión, pueblos perdidos en islas remotas y divinidades que sustentan la naturaleza y el bienestar de sus fieles es una de esa clase de propuestas arriesgadas y valientes que tanto se echan de menos. Es un filme irregular, acullá de ser consumado, pero que es tan puro y firme en sus convicciones que sólo queda levantarse y aplaudir a sus responsables por transigir las cosas tan acullá como lo hacen. Si esperáis un The Raid sobre sectas, esta no es vuestra película. Pero Evans sigue siendo Evans y eso son muy buenas noticiero. No os la perdáis.