[SITGES 2018] Mandy: el show de Nicolas Cage

En el mundo del cine hay actores y ‘actores’. Unos se limitan a contar sus lineas, con viejo o último fortuna, mientras que otros viven sus papeles con intensidad, se convierten en su personajes y los llevan hasta las últimas consecuencias. Lo claro sería opinar que Daniel Day-Lewis pertenece a este corro, pero sin ponerlo en duda, el que desde luego se ha convertido en un tipo de la categoría es el siempre entregado Nicolas Cage. De guisa expresionista, mirándose en iconos como Lon Chaney o Klaus Kinski, Cage ha transformado cada una de sus interpretaciones en poco digno de analizar y venerar, incluso cuando para fertilizar las facturas se ve involucrado en cuatro bodrios al año y, con suerte, alguna película buena entre medias. Este no es exactamente el caso. De hecho, os animamos a hacer poco: pedid un deseo. Porque Mandy no es menos milagroso que ver una sino fugaz en parte de la perplejidad.

Los ingredientes siempre habían estado ahí y más allá del delegado determinante (Cage), todo lo demás parece alguna clase de vinculación de planetas orquestada por una ídolo muy puesta en lo que se podría gritar ‘Cageísmo’. Mandy cuenta con una excelsa facción sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson, que remite al giallo y al fantaterror europeo, con sintetizadores y otros capital que, en suma a su fotografía granulada e híperestilizada, con niebla constante, colores chillones y primeros planos hacen de la experiencia de ver el film poco único y en realidad embriagador. Por supuesto esto siquiera pilla por sorpresa teniendo en cuenta quién es su director: Panos Cosmatos. Su première, Beyond the Black Rainbow (2010) era un film inclasificable e insobornable, que se dividía en una serie de viñetas a cada cuál más desquiciada, apostando por la inducción incluso en el plano narrativo (su divisa podía escribirse en una servilleta) que por poco más sopesado.

Mandy es un tema diferente. Sigue funcionando en el plano puramente sensorial, pero en el fondo su personaje se debe a una tarea concreta: la venganza. Si el John Carpenter de los 80 hubiese dirigido John Wick con Cage como protagonista se parecería a esta desbocada, alucinógena y sangrienta producción que no gustará a todo el mundo por igual, pero que desde luego ha llegado para ampliar el relación de héroes memorables a los que Cage ha insuflado aliento. Lo cuál no es poco opinar, por otro banda.

Así pues y en prontuario: si practicáis el ‘Cageísmo’, es opinar, ver todas las películas del actor de forma religiosa esperando dar con joyas de lo trash como El hombre de mimbre, Next o Ghost Rider (película a la cuál hay un insinuación en Mandy), con esta nueva película tenéis material para muchos revisionados. Porque lo que Cosmatos ha hecho por la figura del miembro de los Coppola es ni más ni menos que su película definitiva, casi a modo de testamento. Si Fellini tuvo Fellini 8 1/2 y Tarkovski se despidió de nosotros con Sacrificio… Mandy cubre ese mismo hueco y se convierte en la película total de Nicolas Cage. Por lo menos, de momento.