Toronto 2018: ‘Mid90s’, Jonah Hill brilla como director

En los poco más de 10 abriles que Jonah Hill lleva como actor ha trabajado con Martin Scorsese, con Quentin Tarantino, con los hermanos Coen, con los Duplass, con Gus Van Sant, con Judd Apatow, con Cary Joji Fukunaga (su extremo trabajo, la serie Maniac). Ha pasado de ser el amigo cómico a actor serio, de las mil caras. Ha aprendido de maestros el oficio al que llevaba desde sus nueve abriles: contar historias en el cine, escribir y dirigir sus propias películas. Lo decidió cuando sus padres le explicaron que Springfield, la ciudad de Los Simpson, no era verdadero, sino un empleo y personajes creados por determinado. Él quería ser ese determinado. Y ahora lo ha hecho.

Mid90s es la película con la que Jonah Hill quería presentarse, por fin, tal y como es al mundo. Con la que buscó su voz y la ha antitético, como hicieron sus amigos Seth Rogen y Evan Goldberg en Supersalidos. Y resulta que la voz de Hill está muy remotamente de esa comedia con la que le tenemos asociados: mid90s está más cerca de los retratos generacionales de Richard Linklater y Harmony Korine (Kids). Mid90s es casi la Lady Bird de este año en Toronto. Poco menos redonda que aquella, pero igualmente tierna, honesta y profunda en su retrato sobre la adolescencia.

En este caso, el protagonista, Stevie (Sunny Suljic) es más tierno y vive en casa una situación más complicada: un hermano veterano que le maltrata (Lucas Hedges, en su tercer gran papel del año) y una religiosa que vive en otro universo (Katherine Waterston). Él es un caprichoso dulce que solo investigación amigos, modelos a seguir, éxito y la acaba encontrando en un cuarteto de skaters que pasan las horas mejorando sus trucos sobre la tabla, bebiendo, fumando y riendo. Stevie se hace veterano entonces de la oscuridad a la mañana, pero además es adecuado.

Para los amigos, Hill ha antitético a cuatro chavales no actores (Na-Kel Smith, Olan Prenatt, Gio Galicia y Ryder McLaughlin) que transmiten una efectividad formidable y muy divertida a pesar de que cero de lo que ocurre en las vidas de sus personajes –familias muy pobres, muertes trágicas, abusos– lo sea. Pero Jonah Hill les graba con ciudadanía, les sigue con la cámara muy de cerca y sin agobiar y costal toda la verdad de una concepción encontrándose en ese momento de resultón dispensa.

Y luego está la música (de Atticus Ross y Trent Reznor) y esa asueto de los abriles 90, como los recuerda Jonah Hill, con solo las notas justas de nostalgia.