‘Trainspotting’: Juventud y retretes

A mediados de los noventa, ávidos productores peinaban el planeta a la busca de nuevos y jóvenes talentos. Era la época dorada de los Weinstein, de Sundance y Miramax, capaces de contestar en el cine merced a Tarantino o Soderbergh lo que ya había pasado en la música con el grunge. Si eso ocurría en EE UU, en Francia se había extendido el fenómeno con la llegada de Mathieu Kassovitz y su El odio. En R. Unido, poseedor de la industria cultural más promocionada del planeta, había mono por encontrar a un director capaz de jugar en esta nueva liga de talentos atrevidos en lo formal y provocadores en los contenidos. Pronto lo tuvieron.

Elige un director

Nada más estrenar su debut, el thriller sobre amistades traicionadas Tumba abierta, ya se consideraba a Danny Boyle como El Elegido. Se suponía que aquella historia de pijos (entonces se llamaban yuppies) en Escocia era sólo el punto de partida de una carrera fulgurante. Había que confirmarlo con una segunda película que hiciera todavía más estruendos. Y para eso, el trío creativo formado por Boyle, el argumentista John Hodge y el productor Andrew Macdonald necesitaba una buena historia.

Elige un guión

Andrew Macdonald, el productor, fue el primero en leer la novela Trainspotting, de Irvine Welsh, y en sugerir su adaptación. El inconveniente es que estaba organizada en torno a una serie de monólogos interiores sin estructura definida, era poco “cinematográfica”, y estaba escrita en una jerga escocesa calificada de “pesadilla para los estudiantes de inglés”. John Hodge dio con la solución mágica, conforme Boyle: “Hubo un cambio muy importante [con respecto a la novela]. La apertura original iba a ser sin texto. Pero, hacia el final de la escritura del guion, John desplazó el monólogo con el que comienza el filme del centro al comienzo. Y, entonces, todos tuvimos la sensación de que el asunto despegaba. Nos dio muchísima confianza”. 

A pesar de todo, Boyle admitía que la adaptación seguía siendo peliaguda: “El mayor problema era el lenguaje, por el hecho de que las acrobacias vernáculas del libro no podían ser reproducidas en la película, o bien habría tenido que ser subtitulada. Intentamos compensarlo con las imágenes, porque sabíamos que jamás seríamos capaces de reproducir ese estremecedor lenguaje, con lo que hicimos la película lo más excitante visualmente que fuimos capaces”.

Boyle sabía de qué forma hacerlo, pues su referencia, que hizo ver una y otra vez al equipo, era obvia: todo en Trainspotting, desde la voz en off del protagonista, al empleo constante del gran angular, la cámara subjetiva, los ángulos atípicos o bien la edición furiosa, remitía a La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. En opinión de Macdonald, el productor, era preciso sumergirse anteriormente para retratar el presente. “La temporada de La naranja mecánica o bien Alfie fue la última vez que Gran Bretaña demostró capacidad para hacer películas sobre temas contemporáneos que fuesen emocionantes e impactantes, y que significaran algo para el público británico”.

Elige un actor

Ninguno de los 3 vacilaba en quién debía protagonizar su película: las relaciones personales que se habían creado con Ewan McGregor a causa de su colaboración en Tumba abierta convertían esta cuestión en menor. Además, McGregor era escocés. Lo que para Boyle era una bendición, para el actor fue una condena, como ha reconocido el directivo en The Guardian: “Debía animarle constantemente, porque sentía que no se esmeraba lo suficiente”.

Físicamente, McGregor se dejó la piel… y trece kilos. “Mi mujer fue mi nutricionista. Básicamente dejé de tomar cerveza y perdí peso”, comentaba a Interview… Si bien no completamente, por lo visto: a la escena del parque y la carabina, Ewan se presentó borracho. El resto del elenco eran jóvenes actores capaces de moverse de la comedia al drama sin inconvenientes. La excepción era la inexperta Kelly Macdonald, la turbadora chica en uniforme escolar, un oasis femenino en un mundo de hombres: “Me enteré de la película por un flyer que repartieron en el restaurant en el que trabajaba. Tenía diecinueve años y no sabía qué hacer con mi vida”.

Elige una droga

“Habrá tantas drogas en los JJ. OO. (de la ciudad de Atlanta) como en Trainspotting”, bromeaba Boyle. En medio del imperio de las pastillas, que los club kids tragaban como caramelos, la heroína se veía como una cosa tan distante, tan alejada merced al miedo al sida, que hasta permitía la chanza, y de este modo lo había probado Quentin Tarantino en Pulp Fiction. De la droga se salía. El mismísimo Welsh lo había hecho, siendo Renton una especie de álter ego del autor.

Elige un ambiente cutre

El caso es que hasta Escocia estaba de tendencia en el cine. Sólo el año ya antes, Mel Gibson en Braveheart y Michael Caton-Jones en Rob Roy habían ambientado 2 superproducciones de Hollywood en ese bucólico paisaje del norte de G. Bretaña. La Escocia de Boyle sería otra, claro, y en vez del verde de sus precursoras destacaría el gris, el cobrizo, el ocre (“Hablamos mucho de la pintura de Francis Bacon” reconoció Danny Boyle). En el Edimburgo (en realidad, buena parte se rodó en Glasgow) de Trainspotting todo era feo, cutre y usado. Pero tenía su encanto: puso de moda las camisetas de equipos de fútbol viejos, recobró las botas Dr. Martens, las Converse, los pantalones pitillo…

Muy acorde con la escenografía, Hodge llenó el guion de escenas escatológicas. La más célebre va a ser para siempre la de “el peor baño de Escocia”, en cuya taza del inodoro se zambullía Renton, pero desde los inconvenientes estomacales de Spud a la enfermedad de Tommy o las escenas de sobredosis, el filme daba mucho mal rollo.

Elige una banda sonora cara que te cagas

Porque es posible que Trainspotting no fuera un musical, pero la música era media película. Desde el principio, con el redoble de tambor del Lust for Life de Iggy Pop, uno tenía la sensación de estar en la mejor discoteca del planeta. La música era tan esencial que Polygram se gastó ochocientos libras en la banda sonora. Una barbaridad si tenemos en cuenta que la película había costado 1.500.000. La revolución digital, el paso del vinilo al CD, había disparado los precios, reducido los costes y obligado al planeta entero a renovar, previo pago, toda su colección.

Los que vivimos el mundillo musical de aquel entonces lo recordamos como unos años muy locos en los que hasta el portero de la discográfica tenía una ‘tarjeta black’ para sus gastos propios: era el segundo renacimiento de la música británica tras la British Invasion de los Beatles y los Stones. Buen alumno de Scorsese, Boyle concibió la música en Trainspotting como un elemento claramente narrativo, separando las 2 partes de la historia.

Ese gozne se trasladó asimismo a la recepción del filme. Como declaró recientemente el prosista Irvine Welsh: “Fue Danny [Boyle] el que decidió que precisábamos ese toque moderno, y fue una jugada maestra, porque el britpop era el último grito de la cultura juvenil y ayudó a que Trainspotting fuera su gran película”. Y de los cines, al mundo: 1996 fue el segundo año del FIB, por servirnos de un ejemplo, donde pronto sonó su banda sonora. 

Elige un escándalo

Al primer pase acudió toda la beautiful people londinense del momento, desde Damon Albarn, de Blur, a los amigos poco recomendables de Irvine Welsh. Entonces llegaría Cannes, y el empapelado de medio planeta con los rostros de los protagonistas, en una campaña publicitaria ejemplar. El salto a EE UU lo darían con la inestimable ayuda del por entonces aspirante a la presidencia Bob Dole, que acusaría al filme de hacer apología de las drogas. Boyle se defendió con su particular versión de “lo de Superman y el niño que brinca por la ventana” y le contó a Fiona Russell: “Es ridículo. La gente no toma drogas por el hecho de que lo ve en las películas, sino por el hecho de que le agrada ponerse con su novia o sus amigos. Lo único que puedo hacer esto es la verdad y contar que la heroína se consume pues te hace sentir estupendamente bien”.

Sea como fuere, todo asistió para que, según el British Largometraje Institute, Trainspotting se haya convertido en la segunda película británica más vista de la historia, solo tras Cuatro bodas y un funeral. Tiene un valor generacional incuestionable, que surge de su particular contexto de producción puesto que, según confesó Boyle a The Guardian, “había un clima general de cambio. El periodo de Thatcher se ahogaba en una marea de historias sexuales poco a poco más ridículas, escándalos financieros y adiestradores de fútbol detenidos por practicar sodomía en estaciones de servicio. La cultura popular quería enviar todo aquello a la mierda y crear una energía que suprimiera aquella parte de la historia. Era la razón de ser de la música house, del britpop y del éxito en taquilla de algo tan poco comercial como Trainspotting”.

Hoy, todos reconocemos su monólogo inicial, que fue para los jóvenes de los noventa algo como el Aullido de Ginsberg para los beatniks de los 60. Renton, al final, escoge la vida; a nosotros no nos quedó otra alternativa que escoger Trainspotting.